Sujetos epistémicos y construcción de paz: una experiencia participativa en contextos penitenciarios

Epistemic subjects and peacebuilding: A participative experience in penitentiary contexts

 

Fernando Javier Araujo Pulido[1]

Walter Sebastián Salazar García[2]

 

Resumen: Este artículo analiza la construcción de paz en contextos penitenciarios a partir de una experiencia académica desarrollada en un centro penitenciario del norte de México, entre 2022 y 2025. El estudio se desarrolló con un enfoque cualitativo e incorporó la investigación acción participativa en más de ochenta sesiones de trabajo colectivo, cuyo registro generó un extenso material de análisis para identificar procesos de construcción de paz en contextos penitenciarios. El objetivo consistió en comprender cómo las personas privadas de la libertad elaboran sentidos, resistencias y propuestas en torno a los procesos de reconstrucción de paz, en los que dichas experiencias constituyen actos epistémicos que revelan su condición de sujetos capaces de producir conocimiento. En conjunto, los hallazgos evidencian que la paz penitenciaria constituye un campo en disputa, atravesado por dinámicas de poder, resistencias y horizontes de transformación que requieren ser reconocidos y fortalecidos mediante parámetros institucionales sostenibles.

Palabras clave: procesos de paz, centro penitenciario, persona privada de su libertad, violencias.

Abstract: This article analyzes peacebuilding processes in penitentiary contexts based on an academic experience developed in a prison in northern Mexico between 2022 and 2025. The study was conducted using a qualitative approach and incorporated participatory action research across more than eighty collective work sessions, whose records generated extensive analytical material for identifying peacebuilding processes in penitentiary contexts. The main objective was to understand how persons deprived of liberty construct meanings, forms of resistance, and proposals around peace reconstruction processes, in which such experiences constitute epistemic acts that reveal their capacity as subjects capable of producing knowledge. Overall, the findings demonstrate that penitentiary peace constitutes a disputed field, traversed by power dynamics, resistances, and horizons of transformation that need to be recognized and strengthened through sustainable institutional frameworks.

Keywords: peace processes, penitentiary center, prived of liberty person, violence.

Introducción

La institución penitenciaria ha sido históricamente un dispositivo de la modernidad que refleja y reproduce valores asociados con la individualidad, el control y el estigma social (Goffman, 2001, 2013). En el plano material, la prisión opera como un espacio de disciplinamiento en el cual los cuerpos son regulados mediante mecanismos de represión física, psicológica y, de manera menos visible, simbólica (Foucault, 2002). En este sentido, las cárceles, concebidas como instituciones totales (Goffman, 2013), representan la centralidad del poder coercitivo a través de prácticas reiterativas y de la normalización ritualizada de las personas privadas de libertad, por lo tanto, la posibilidad de edificar procesos de paz en estos entornos se encuentra permanentemente tensionada por la naturaleza represiva de la institución. Por su parte, la violencia simbólica, entendida como el conjunto de estrategias de dominación que naturalizan la desigualdad (Bourdieu, 2016) y refuerzan mecanismos que concentran jerarquías en las instituciones sociales (Wacquant, 2009), contribuye a perpetuar la narrativa histórica de la administración del castigo y la pena. Ante ello, las pedagogías para la paz en contextos penitenciarios se presentan como prácticas críticas que buscan habilitar procesos de subjetivación distintos y abrir horizontes hacia formas de convivencia más justas.

Bajo ese preámbulo es imperante cuestionar, ¿se pueden trazar estrategias de diálogo y reflexión en torno a la construcción de paz en contextos penitenciarios? El esquema para responder dicha cuestión remite a las condiciones de la esfera microsocial, donde las interacciones cotidianas propias del encierro se configuran en medio de tensiones y conflictos permanentes, pero también se articula desde una mirada crítica que analiza la configuración de una expectativa capaz de tensionar las estrategias orientadas a consolidar la figura de la paz, no solo en su plano pragmático, sino también en su dimensión interna.

La situación ambivalente —y contradictoria— entre encierro y paz requiere observar la capacidad de agencia que mantienen las personas privadas de su libertad (en adelante, PPL) para afrontar situaciones de violencia física, psicológica, pero también simbólica, que determina las interrelaciones tanto en los márgenes que se desarrollan al interior de la institución penitenciaria, como bajo los esquemas que supeditan el deseo, la necesidad o inclusive la ansiedad que giran en torno al proceso de libertad. Esta situación requiere una categoría de paz que actúe en ambos niveles: por un lado, que permita resolver de manera directa los conflictos cotidianos; y, por otro, que propicie la construcción de mecanismos teórico-metodológicos orientados al desarrollo de un imaginario de paz, tanto en los procesos de reconciliación con las víctimas y las familias como en el ámbito individual.

Esta investigación parte de los registros de campo generados en el marco de un proyecto de investigación e incidencia social titulado “Sociología desde la cárcel”, que se desarrolló en un Centro Penitenciario de México, en el cual, durante dos años y medio, se llevaron a cabo ochenta y tres sesiones que dieron lugar a un extenso material de análisis. En dichas sesiones se reflexionó sobre tópicos como la reinserción, la violencia, la producción criminal, la identidad penitenciaria, entre otros temas relacionados con el proceso de reinserción social. En estas experiencias académicas se abordó el asunto de la configuración de la paz como un proceso reflexivo e introspectivo, pero que en la ejecución impacta en las relaciones sociales de los núcleos institucionales más próximos de los participantes.

Construcción de un marco interpretativo de paz en contextos penitenciarios

Para este estudio, la categoría de paz se entrelaza como un elemento que determina el comportamiento de la vida social en tanto construcción colectiva y situada. Es posible comprenderla —por lo menos desde la sociología— como un proceso interrelacionado que implica la reproducción de interacciones sociales, normas de convivencia y prácticas de reconocimiento bilateral (Galtung, 1969; Muñoz, 2001). La paz se configura como un fenómeno relacional que es transversal a instituciones, comunidades y personas, y que se expresa en las formas en que se gestionan los conflictos, se distribuyen los recursos y se generan espacios de inclusión. Así, la paz se entiende como un campo en disputa, donde confluyen tensiones estructurales, culturales y simbólicas, todas éstas situadas en una práctica cotidiana de resistencia frente a la reproducción de la violencia (Jaramillo, Parrado & Louidor, 2019).

Desde ese enfoque, la categoría de paz se comprende como un proceso, y, por lo tanto, refleja una serie de controversias en las que diferentes actores sociales compiten por definir —y apropiar— sus significados, prácticas y legitimidades. Esto implica que tal noción no puede comprenderse como una categoría neutra; por el contrario, se constituye como un espacio relacional en el que intervienen habitus, capitales y posiciones de poder (Bourdieu, 2016); la paz se convierte en un objeto en disputa. Las personas e instituciones que intervienen en el campo (como el Estado, los movimientos sociales, los colectivos de víctimas y los organismos internacionales) buscan imponer una visión legítima de lo que significa convivir pacíficamente. En este marco, la violencia simbólica (Bourdieu, 1991) opera como el mecanismo mediante el cual determinadas definiciones de paz, producidas desde posiciones dominantes, se naturalizan e imponen como referencias universales, invisibilizando otras formas de comprensión. De este modo, cuando la paz se reduce a la seguridad estatal o a la firma de acuerdos formales, se excluyen y deslegitiman las experiencias cotidianas de su construcción generadas desde abajo por comunidades desplazadas (Lederach, 1997; Jaramillo, Castro & Ortiz, 2018).

De este modo, la categoría de paz se configura como un instrumento político en el que se negocian y disputan significados en contextos atravesados por relaciones de poder, desigualdad y violencia estructural. Esta dinámica no se desarrolla bajo un consenso, sino en el marco de un campo de tensiones donde la violencia simbólica busca estabilizar los sentidos dominantes. Sin embargo, en ese mismo espacio emergen resistencias y contraconductas que amplían los horizontes de lo posible, al impulsar formas alternativas de construcción de igualdad y justicia que desbordan las imposiciones hegemónicas.

En un segundo orden de ideas, la prisión puede concebirse como un espacio de castigo, control y disciplinamiento (Foucault, 2002), donde convergen múltiples formas de violencia estructural, cultural y simbólica (Wacquant, 2001). Sin embargo, la inclusión de la categoría de paz en este ámbito permite problematizar la racionalidad punitiva que sustenta la institución al introducir procesos de reflexión y análisis crítico que cuestionan sus lógicas de origen. De este modo, en medio de contextos atravesados por la exclusión y la coerción, emergen prácticas, discursos y vínculos que configuran posibilidades de convivencia distintas a las impuestas históricamente por el régimen del encierro.

Para tal objetivo, la construcción de procesos de paz en prisión no puede reducirse a la ausencia de violencia física entre internos o hacia la autoridad. Por el contrario, debe ser comprendida como un proceso dinámico de construcción social, que implica la configuración de relaciones de reconocimiento, la gestión no violenta de conflictos y la generación de espacios de agencia para las PPL; las cárceles se presentan como un espacio en el cual se entrelazan tensiones macrosociales y microprácticas de resistencia, ofreciendo una oportunidad para examinar la paz en su dimensión imperfecta, relacional y disputada (Muñoz, 2001), pero que en términos de aspiración se buscan los mecanismos para poder lograrla, sin importar el tiempo corto o prolongado de duración.

Asimismo, en este trabajo se desarrolla un análisis de la paz en contextos penitenciarios, a partir de articular categorías clásicas de los estudios de paz (Galtung, 1969; Lederach, 1997) con aportaciones de la teoría de los campos y la violencia simbólica de Bourdieu (1991), las contraconductas (2006) y la pedagogía crítica de Freire (2022). A partir de este marco, se publicita la prisión como un campo atravesado por relaciones de poder donde coexisten violencias y prácticas de paz, así como las experiencias de construcción de sus procesos desarrolladas en distintos países latinoamericanos.

En ese sentido, el objetivo central del texto consiste en identificar cómo la paz en las cárceles se entiende bajo dos direcciones; primero, bajo un marco institucional fijo o normativizado que subyace en el marco jurídico y la gestión del espacio de manera administrativa; segundo, como un campo de lucha simbólica y práctica, en el cual confluyen proyectos antagónicos: la pacificación desde arriba, impulsada por el Estado y sus instituciones, y las acciones de paz desde abajo, generadas por las PPL y colectivos sociales que buscan resistir y transformar la violencia estructural.

En ese contexto, Galtung (1969) propone una distinción de la configuración de la paz a través de observarla en torno a dos categorías: la primera, como paz negativa, entendida como la mera ausencia de violencia; y paz positiva, concebida como la superación de violencias estructurales y culturales mediante procesos de justicia social. En el contexto penitenciario, la paz negativa suele asociarse con la reducción de motines o enfrentamientos violentos, mientras que la paz positiva implicaría la transformación de las condiciones estructurales que reproducen desigualdad, exclusión y múltiples formas de violencia en su interior. Esta situación demanda una reconfiguración de la institución total (Goffman, 2013); de manera que el marco central pueda habilitar mecanismos de interacción que moderen los procesos de violencia, los cuales se mantienen históricamente como parte del régimen de control característico de la cárcel.

Esta distinción nos enuncia la gestión de la paz a partir de las dinámicas que se ejecutan en el ámbito institucional, y, también, en el de las relaciones cara a cara; con este enfoque nuestra categoría central se construye de forma transversal, en términos institucionales pero también personales, que se sitúan en la rutina y en el anhelo particular. En ese sentido, los procesos de paz se corresponden cuando existen condiciones en las dos vías.

Por su parte, el planteamiento de Lederach (1997, 2005) resulta imprescindible para comprender la paz en contextos penitenciarios, porque rompe con las visiones reduccionistas que la conciben como ausencia de conflicto o como imposición desde la institucionalidad estatal a partir de políticas públicas. En su propuesta, la paz es un proceso relacional y culturalmente situado; por lo tanto, su objetivo se traza a partir de recuperar la transformación de los patrones estructurales y simbólicos que reproducen la violencia en los márgenes de los conflictos.

La paz debe pensarse como una construcción social (Lederach, 1997), ya que para su conformación y legitimidad, las comunidades se organizan para constituir la definición de sentidos, prácticas y horizontes de convivencia. Esto supone desplazar la mirada de la paz como producto final (un acuerdo firmado, una norma implementada, una política pública diseñada desde arriba) hacia la paz como un proceso continuo de creación colectiva, anclado en las experiencias cotidianas de las personas. Esta aseveración remite a pensar la paz como una práctica en constante disputa y resignificación.

Con esta clave, la paz en contextos penitenciarios atiende en un principio los términos de regulación institucional, disciplina o control de motines (paz negativa), pero invita a identificar los esfuerzos que las personas privadas de libertad realizan para generar espacios de agencia, reconocimiento y dignidad al interior de su comunidad. La apuesta de Lederach consiste en reconocer que los actores más directamente afectados por la violencia (en este caso, las PPL, sus familias y comunidades) poseen un conocimiento situado indispensable para la construcción de alternativas orientadas a una convivencia más justa. Esto cuestiona los modelos verticales de pacificación impulsados por el Estado y abre paso a una visión horizontal y participativa, en el cual la paz emerge desde abajo como práctica de resistencia y de transformación social.

La construcción de la reivindicación de la justicia y la dignidad no se limita al plano macrosocial de las políticas públicas, ni al microsocial de las relaciones interpersonales, sino que se articula en un marco multinivel que conecta estructuras, instituciones y vida cotidiana; en palabras de Lederach (2005), la clave está en construir una imaginación moral capaz de visualizar relaciones nuevas y más justas, incluso en escenarios atravesados por el dolor, la exclusión y la represión. En consecuencia, nuestro análisis abre un horizonte interpretativo que supera la visión punitiva y controladora del sistema penitenciario, y reconoce a las PPL como sujetos epistémicos y agentes de paz.

Dicha aseveración supone tensionar algunos de los supuestos más arraigados en la tradición penitenciaria, jurídico penal, criminológica y en la sociología del castigo, ya que, durante siglos, la prisión ha sido concebida como un espacio de disciplinamiento en el que el saber legítimo sobre el encierro provenía de expertos (juristas, criminólogos, psicólogos, funcionarios), mientras que la voz de quienes experimentan cotidianamente la institución quedaba relegada al silencio o al estigma (Foucault, 2002; Goffman, 2001).

Frente a esto, la pedagogía crítica (Freire, 2022) nos invita a reconocer que las poblaciones oprimidas poseen una capacidad privilegiada para leer la realidad, precisamente porque la viven desde los márgenes. Esta postura, denominada concientización, no es únicamente individual, sino profundamente colectiva y política. En la cárcel, esa concientización se expresa en diálogos, resistencias y prácticas de solidaridad que, aunque emergen en un espacio de represión, constituyen formas básicas de paz que surgen en circunstancias de las sociologías de las ausencias y de las emergencias (Sousa, 2006, 2010), que refiere que los saberes de los sujetos subalternos son sistemáticamente invisibilizados por las epistemologías dominantes. La cárcel es, en este sentido, un espacio paradigmático de invisibilización, donde los saberes de las PPL quedan subordinados a discursos jurídicos, criminológicos o administrativos; reconocerlas como sujetos epistémicos implica construir una ecología de saberes (Sousa, 2006) que legitime sus experiencias como fuentes válidas para el diseño de estrategias de paz y de reinserción social.

Históricamente, la prisión representa un caso extremo de esta invisibilización: lo que ocurre tras los muros rara vez se incorpora a la construcción del conocimiento legítimo. Sin embargo, cuando se abren espacios de diálogo y sistematización de experiencias (Jara, 2018), las PPL pueden transformar su experiencia de exclusión en un saber crítico que enriquece la comprensión social de la violencia, la justicia y la paz; pero no basta con reconocer que los sujetos oprimidos saben, es necesario crear condiciones institucionales y políticas para que ese saber se articule con otros en lo que se dictamina como ecología de saberes. Tal situación es evidenciada por Martín-Baró (1990), quien señaló que las poblaciones históricamente excluidas (campesinos, indígenas, víctimas de violencia) poseen una capacidad de lectura crítica de la realidad que debe orientar tanto la investigación como las prácticas sociales. En este sentido, recurrir al conocimiento y experiencia de dichas comunidades, nos arroja otro frente para entender las políticas de seguridad y de prevención que giran en torno a la producción criminal.

Por su parte, Scott (2000) desvela la tensión permanente entre dominación y resistencia, ya que sostiene que las formas de poder nunca son absolutas, porque incluso en escenarios de control estricto emergen transcripciones ocultas: discursos, gestos y prácticas que, aunque invisibles para los dominadores, constituyen un repertorio de resistencia cotidiana. Aplicado al ámbito carcelario, esto significa que las PPL no son sujetos pasivos sometidos enteramente a la disciplina, sino que mantienen márgenes de agencia expresados, de forma contradictoria, en la solidaridad entre compañeros, en las prácticas de mediación de conflictos o en los saberes que circulan fuera de los registros oficiales de la institución. Estos saberes constituyen una epistemología situada: conocimiento generado desde la experiencia encarnada del encierro que desborda los discursos hegemónicos del sistema penitenciario.

Hannah Arendt (2005, 2009), al analizar la relación entre acción, paz y poder, advierte que este último no debe confundirse con la violencia, ya que emerge de la acción concertada entre sujetos que actúan en común y crean un mundo compartido, mientras que la violencia se configura como un medio instrumental orientado a imponer y sostener formas autoritarias de dominación.

En esta clave, la paz no puede entenderse exclusivamente como la ausencia de conflicto, ya que su finalidad consiste en la capacidad de crear espacios públicos donde los sujetos aparezcan, se reconozcan y actúen colectivamente. Trasladado a la cárcel, esto supone reconocer que la paz penitenciaria solo es posible si las PPL no son tratadas como cuerpos a ser disciplinados, sino como actores que, mediante la acción conjunta, pueden generar ámbitos de deliberación, diálogo y reconstrucción de vínculos sociales.

Las resistencias invisibles de las PPL constituyen un espacio desde el cual pueden emerger formas de acción colectiva orientadas a la paz. Sin embargo, estas microprácticas (como el intercambio de estrategias de cuidado, la creación de redes de apoyo o la elaboración de narrativas alternativas sobre la violencia) se desarrollan en un marco atravesado por la coerción, la desigualdad y la violencia estructural, lo que las hace inherentemente contradictorias: simultáneamente son mecanismos de supervivencia y expresión de agencia, pero también son limitadas y tensionadas por las condiciones en las que se producen.

De este modo, las PPL se revelan como sujetos epistémicos, porque producen conocimientos que cuestionan las narrativas oficiales del sistema penal, y como agentes de paz, porque despliegan prácticas que, aunque emergen en la sombra de la dominación, pueden convertirse en acciones colectivas capaces de dilucidar un mundo común en el encierro. Este reconocimiento no romantiza la vida carcelaria ni invisibiliza la violencia que allí se reproduce, sino que sitúa en el centro la capacidad de las PPL para disputar los sentidos de la convivencia y abrir grietas en un orden que las reduce a lo que Goffman (2013) denomina “identidades deterioradas”.

Construcción de paz en contextos penitenciarios: dinámicas, resistencias y prácticas situadas

Los informes oficiales han planteado la posibilidad de articular una cultura de paz en las prisiones mexicanas; por ejemplo, el Informe de Cultura de Paz en el Sistema Penitenciario 2023, elaborado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (en adelante, CNDH) enfatiza la necesidad de un enfoque integral que combine derechos humanos, salud mental, educación y atención jurídica para fortalecer los procesos de reinserción social que de manera paralela garantizan los procesos de paz en los centros penitenciarios. Este marco evidencia que, aun cuando las prisiones históricamente son expuestas como dispositivos de control y disciplinamiento (Foucault, 2002; Wacquant, 2001), existen esfuerzos institucionales por resignificar su papel como espacios donde sea posible la convivencia pacífica; que, para el caso mexicano, se modifica en términos jurídicos en la Ley Nacional de Ejecución Penal.

Más allá de la dimensión normativa, diversas investigaciones han mostrado que las PPL pueden convertirse en sujetos epistémicos y agentes de paz; se ha documentado, por ejemplo, que la resignificación del lenguaje en talleres con internos favorece procesos de sanación emocional y el fortalecimiento de vínculos sociales, lo cual incide directamente en la reinserción a partir de procesos reflexivos sobre su entorno inmediato (Lares et al., 2024). De manera complementaria, también se ha señalado que las expresiones artísticas pueden funcionar como prácticas pedagógicas de paz al posibilitar la construcción de memorias colectivas, el intercambio de experiencias y la proyección de nuevas formas de convivencia (Chavarría et al., 2019).

Las experiencias empíricas coinciden con planteamientos que entienden la paz como un proceso social, relacional y situado, en el que quienes han sido directamente afectados por la violencia poseen un conocimiento fundamental para impulsar transformaciones (Lederach, 1997, 2005). En el ámbito penitenciario, esto supone reconocer a las personas privadas de libertad no solo como destinatarias de políticas de pacificación, sino también como productoras de saber y prácticas de resistencia. En este sentido, la elaboración de narrativas de paz en contextos carcelarios puede interpretarse como formas de resistencias infrapolíticas que adquieren visibilidad en la medida en que son reconocidas por instituciones, colectivos y medios de comunicación (Ancira, 2019).

Se observa que la paz penitenciaria no se agota en la ausencia de violencia, ya que requiere la creación de espacios de interacción en los cuales los sujetos puedan actuar colectivamente y ser reconocidos como parte de la vida pública (Arendt, 2009), en la que los talleres de arte, las jornadas psicosociales y los programas educativos reportados en distintas regiones del país constituyen tecnologías relacionales que abren la posibilidad de acción conjunta. Por ejemplo, la Universidad de Guadalajara aplicó un programa de cultura de paz en el Centro Penitenciario del Sur de Jalisco que involucra tanto a las PPL (tanto hombres como mujeres) como al personal penitenciario a partir del control y manejo de estrés. El interés radicó en la construcción de espacios de diálogo para reconocerse mutuamente (Sepúlveda, 2024). De manera semejante, las Jornadas de Paz en Valles Centrales, Oaxaca, articulan atención psicológica, orientación jurídica, actividades culturales y talleres de prevención de violencia de género, mostrando la relevancia de intervenciones territoriales con enfoque integral (Gobierno de Oaxaca, 2023).

Las narrativas periodísticas refuerzan esta lectura, ya que sostienen que construir paz en las cárceles implica reconocer que “la existencia de paz no se limita únicamente a la ausencia de violencia” (Ancira, 2019), pues es imprescindible generar dinámicas para fortalecer la autoestima, la ocupación laboral y la capacidad de agencia de las internas, para lo cual se requiere imaginación moral, es decir, la capacidad de visualizar relaciones más justas, incluso en escenarios marcados por la exclusión (Lederach, 2005).

Las experiencias analizadas nos permiten reconocer que la paz producida en contextos penitenciarios se construye en una doble dimensión; por un lado, se expresa como un proyecto institucional orientado a articular políticas de prevención y reinserción; por otro, se manifiesta como una práctica situada que nace de las narrativas simbólicas de las propias PPL. La interacción entre ambas dimensiones abre un campo de tensiones, en el que se entrecruzan la pacificación vertical promovida por el Estado y la construcción horizontal que surge desde abajo. Este doble movimiento evidencia que la cárcel es un laboratorio social en el que se ensayan formas de paz imperfecta, en el cual las prácticas de reconocimiento, sanación y colectividad permiten vislumbrar horizontes posibles de transformación social.

Enfoque y diseño de la investigación

La investigación se desarrolló desde una perspectiva cualitativa, apoyada en un razonamiento abductivo que privilegia la comprensión de los significados, narrativas y prácticas de los actores sociales por encima de la cuantificación de variables (Denzin & Lincoln, 2011; Vargas, 2011). Esta aproximación resulta particularmente pertinente en contextos penitenciarios, donde la voz de las PPL suele permanecer invisibilizada frente a los discursos jurídicos, criminológicos y administrativos (Goffman, 2013; Foucault, 2002). La investigación acción participativa (en adelante IAP) articula la producción de conocimiento con la transformación social; su interés radica en transformar la realidad de manera comunitaria (Vargas, 2011). Esta propuesta se articula con la pedagogía crítica de Paulo Freire (2022), quien concibe la educación como práctica de libertad y promueve procesos de concientización capaces de cuestionar la violencia estructural. Ambos enfoques parten de la premisa de que el conocimiento debe surgir de las experiencias y saberes de los sujetos, y que la reflexión crítica sobre la realidad es esencial para su transformación. Asimismo, la sistematización de experiencias (Jara, 2018) aporta procedimientos rigurosos para recuperar, organizar y analizar los saberes surgidos en prácticas colectivas, convirtiendo la experiencia vivida en conocimiento académico válido.

Dicha transversalidad propone un análisis colaborativo de la comprensión de la realidad, no obstante, la IAP refiere que el conocimiento se genera de manera dialógica y situada, a través de ciclos sucesivos en los que los actores sociales identifican problemáticas, ejecutan acciones, reflexionan sobre sus resultados y diseñan nuevas estrategias de intervención (Vargas, 2011). Este proceso de retroalimentación continua permite a las personas y colectivos asumirse como sujetos epistémicos y políticos, vinculando el saber con la práctica transformadora. La integración de estos enfoques permite construir colectivamente categorías analíticas sobre paz, violencia y reinserción, reconociendo a las PPL como sujetos epistémicos capaces de generar conocimiento situado y críticamente informado.

Esta estrategia responde al propósito de reconocer a las PPL como sujetos epistémicos, es decir, como productores legítimos de conocimiento situado (Sousa, 2010; Martín-Baró, 1990). De este modo, la investigación paralelamente se concentró en observar y describir lo acontecido en las experiencias académicas, pero sobre todo buscó construir colectivamente categorías de análisis sobre la paz, la violencia y la reinserción, en diálogo constante entre teoría y experiencia. Así, se comprendieron las prácticas de paz como procesos relacionales y emergentes, siempre atravesados por dinámicas de poder, márgenes estructurales y resistencias propias de la vida cotidiana.

Contexto y muestra

El estudio se desarrolló en un centro penitenciario del norte de México, en el marco de un programa académico de dos años y medio de duración (junio 2022—abril 2025). En este periodo se llevaron a cabo 83 sesiones, cada una con una duración aproximada de 90 minutos, organizadas bajo un esquema tipo seminario. En ellas se revisaron textos sociológicos y materiales audiovisuales sobre temas relacionados con la reinserción social, la violencia, la producción criminal, la identidad penitenciaria y la construcción de paz. Los contenidos y la dinámica de las sesiones estaban orientados a generar reflexiones colectivas que contribuyeran a la construcción de procesos de paz dentro del centro y, al mismo tiempo, a proporcionar herramientas y estrategias para la reinserción social de los participantes. Durante estas actividades, los facilitadores y el grupo discutían los factores que los habían llevado a estar en el centro, su situación actual y posibles alternativas al salir del encierro. Esta estrategia permitió un abordaje multidimensional de las condiciones de vida en prisión y fomentó la construcción de esquemas de reflexión sobre lo que Hernández-Avendaño (2024) denomina una “geopolítica de la esperanza”.

En total, participaron 70 estudiantes privados de la libertad; no obstante, es imperante mencionar que su asistencia, compromiso y continuidad variaron a lo largo del programa. Esta fluctuación respondió a factores propios del contexto penitenciario, tales como traslados, sanciones disciplinarias, condiciones de salud o dinámicas personales. Sin embargo, dicha variabilidad lejos de ser un obstáculo se constituyó como un insumo analítico, ya que permitió observar cómo la participación intermitente también forma parte de la experiencia educativa y cómo el compromiso con el proceso de paz es heterogéneo y relacional.

Un aspecto central fue la diversidad educativa del grupo, que incluía desde personas con estudios truncos de nivel primaria hasta internos con formación universitaria, e incluso de posgrado. Esta heterogeneidad amplió los horizontes de reflexión y debate, enriqueciendo los ejercicios de escritura y las discusiones colectivas con perspectivas y experiencias muy diversas. Los relatos y reflexiones generados por las PPL se expondrán de forma anónima, garantizando así la seguridad de los participantes y cumpliendo con las reglas y protocolos del penal. Esta decisión permite que las voces de los internos sean analizadas y consideradas sin comprometer su integridad, asegurando un abordaje ético y responsable de la información producida durante el programa.

Técnicas de recolección y corpus analítico

Las técnicas centrales consistieron en el análisis de los documentos producidos por las PPL, tales como narraciones, reflexiones escritas y diarios colectivos, así como en el registro de campo de los facilitadores, en el cual se documentaron las reflexiones orales de los participantes durante las sesiones. Esta combinación permitió captar tanto los contenidos explícitos generados por las PPL, como los matices y las dinámicas observables en la interacción grupal, integrando la voz de los participantes con las anotaciones reflexivas de los facilitadores. Esta elección se remite a tres dimensiones:

• Valor epistémico: los documentos y expresiones orales constituyen testimonios directos de los procesos de concientización y de agencia de las PPL, lo cual aporta conocimiento situado de gran relevancia sociológica (Martín-Baró, 1990).

• Pertinencia pedagógica: la recuperación de textos, reflexiones y diálogos se inscribe en la lógica de la pedagogía crítica, que entiende la educación como un proceso dialógico de construcción colectiva de saberes (Freire, 2022).

• Fundamento académico: el análisis documental y discursivo es una técnica validada en estudios sociológicos sobre violencia y paz, pues posibilita identificar categorías emergentes, resignificaciones y resistencias expresadas en narrativas (Goffman, 2013; Scott, 2000).

En consecuencia, los materiales producidos por las PPL, así como los registros derivados de las reflexiones, constituyeron fuentes de conocimiento colectivo que evidenciaron las tensiones entre violencia, poder y construcción de paz en un contexto de encierro.

Estrategia de análisis y categorías

Se empleó, de manera principal, una estrategia de análisis temático de información cualitativa, complementada con elementos del análisis de contenido y de la sistematización de experiencias. Esta combinación permitió organizar los relatos, reflexiones y documentos de las PPL en categorías analíticas, facilitando la identificación de patrones de significados emergentes, la comparación de experiencias individuales y colectivas, y la articulación de los hallazgos con marcos teóricos sobre paz, violencia y reinserción, asegurando así la construcción de conocimiento teórico situado a partir de la acción y la experiencia de los participantes.

El análisis se guio por las siguientes categorías teóricas que se contrastaron con los discursos emergentes:

  • Paz negativa y paz positiva (Richmond, 2014): identifica la ausencia de violencia frente a la transformación de condiciones estructurales de exclusión.

  • Violencia simbólica (Bourdieu, 1991): mecanismos sutiles de dominación cultural y discursiva en la vida penitenciaria y los factores que resignifican los procesos de paz.

  • Agencia y contraconductas (Foucault, 2002, 2006; Scott, 2000): se refiere a las resistencias de la vida cotidiana y a las prácticas de cuidado en contextos de encierro.

  • Subjetivación crítica (Freire, 2022; Sousa, 2010): constituye los procesos de concientización y construcción de paz de las PPL.

Proceso reflexivo y posicionamiento del investigador

El proceso metodológico se concibió como inherentemente reflexivo, reconociendo que quienes investigan se encuentran insertos en el mismo campo de poder que estudian, por lo que se asumió que la producción de conocimiento está atravesada por posiciones sociales, relaciones de dominación y habitus que condicionan tanto la mirada del investigador como la interacción con los participantes (Bourdieu, 2024).

Adicionalmente, Pacheco-Vega y Parizeau (2018) enfatizan que la reflexividad debe ejercerse como práctica sistemática de transparencia y no como ejercicio anecdótico para tal situación; en esta línea, se registraron las tensiones observadas en las dinámicas de clase, los efectos de la presencia de los investigadores y las formas en que las PPL reinterpretaron los contenidos académicos desde su experiencia de encierro.

En este marco, la reflexividad operó en dos planos:

  • Ético, al reconocer la responsabilidad de no instrumentalizar las voces de las PPL ni reducirlas a “objetos de estudio”.

  • Epistémico, al situar el modelo de recolección de datos en la intersección de prácticas pedagógicas en contextos penitenciarios y resistencias cotidianas de las PPL, visibilizando los límites y alcances del conocimiento producido.

De este modo, la metodología asumió un doble compromiso: ético, al dignificar la voz de las PPL como sujetos de saber, y epistémico, al reconocer que la construcción de paz en contextos penitenciarios solo puede comprenderse a partir de un diálogo situado entre teoría y experiencia. 

Análisis de las experiencias de paz en contextos penitenciarios

En la dinámica penitenciaria, en la que el encierro constituye la condición estructural de la vida cotidiana, incluso las prácticas más rutinarias (como los traslados, las comidas o el uso de espacios comunes) se convierten en escenarios atravesados por el conflicto. Las formas de interacción social, que en apariencia podrían parecer espontáneas, están en realidad fuertemente condicionadas por regímenes de vigilancia, control y disciplinamiento que operan tanto en el plano físico como en el simbólico. Estos mecanismos delimitan lo que es posible hacer, decir y sentir en el marco penitenciario; sin embargo, el análisis aquí presentado se centra en un contexto particular, cuyas condiciones específicas de encierro generan diferencias con respecto a otros centros y configuran procesos singulares de construcción de paz.

Estos procesos, lejos de ser lineales o unidireccionales, se encuentran permanentemente mediados por la acción de las autoridades, por las normas formales e informales que regulan la vida intramuros y por las prácticas relacionales de las propias personas privadas de libertad. En este sentido, la paz penitenciaria emerge como un terreno de disputa, frágil y en constante negociación, en el que confluyen la coerción institucional, las dinámicas de resistencia y los intentos colectivos de crear espacios mínimos de reconocimiento y dignidad.

Ante dicha situación, se concentra una reflexión en torno a los comentarios y los documentos que comparten las PPL. A partir de la incorporación de una mirada metodológica sustentada en la pedagogía crítica y en la sistematización de experiencias, y en la investigación acción, se privilegia la voz de las PPL como punto de partida para comprender los significados que ellas mismas atribuyen a la violencia, a la paz y a la reinserción social. En este proceso, los relatos adquieren un doble valor: por un lado, constituyen insumos empíricos que permiten visibilizar las tensiones, resistencias y posibilidades que emergen en la vida cotidiana del encierro; por otro, se convierten en espacios de subjetivación crítica en la medida en que posibilitan a los propios participantes reconocerse como sujetos epistémicos y no únicamente como objetos de control institucional. 

Configuración de paz negativa y paz positiva

El análisis de las reflexiones y experiencias con las PPL permite observar la manera en que la paz se construye como una experiencia situada en el contexto penitenciario. En primer lugar, la paz negativa, entendida en términos de Galtung (1969) como ausencia de violencia directa, se expresa en la capacidad de contención frente a los múltiples conflictos que atraviesan la vida cotidiana en prisión. Así lo manifiesta un participante al señalar: “aunque aquí hay mucha provocación, insultos e incluso agresiones físicas, he aprendido a no responder con violencia”; la experiencia refiere a que la paz se configura como un recurso de resistencia individual que permite gestionar la convivencia en entornos penitenciarios. De manera similar, otro estudiante afirma: “la paz en este lugar no existe al cien por ciento […] en todo este tiempo he encontrado paz en mi interior”; lo cual evidencia la búsqueda de un espacio subjetivo de tranquilidad como estrategia para sobrevivir en un ambiente marcado por la conflictividad. Este tipo de experiencias se replican a tal grado de normalizar que la violencia es cuestión individual y no colectiva.

Sin embargo, junto a esta percepción singular de paz, se distingue, a su vez, la noción de paz positiva que, como se ha mencionado en párrafos anteriores, depende de la transformación de las condiciones estructurales que reproducen violencia y exclusión. Algunos testimonios y relatos evidencian esta perspectiva al referir que “no hace falta construir más cárceles, sino brindar más apoyo a la ciudadanía. La paz está lejos de alcanzarse porque el ser humano, por naturaleza, tiende a la violencia”; o bien, “la prevención debe comenzar desde la educación impartida en la familia, inculcando valores fundamentales”. Estas narrativas articulan la estrategia de paz a partir de un enfoque colectivo, subrayando la importancia de políticas sociales y educativas que atiendan las raíces de la violencia; de este modo, se problematiza la visión institucional que presenta la propuesta de la paz bajo mecanismos de orden y disciplina, y se plantea una comprensión que interpela al Estado y a la sociedad en su conjunto a partir de encontrar nuevas lógicas de socialización.

En este marco, la afirmación “la paz se define como un estado de ánimo sosegado y armonioso […] ahora entiendo que la paz comienza con uno mismo”, sintetiza la tensión ambivalente entre las nociones. Por un lado, reafirma la importancia de la dimensión emocional y subjetiva de las PPL; por otro, abre la posibilidad de construir paz social a partir de procesos de transformación individual que luego se expanden hacia lo comunitario. Este cruce entre lo personal y lo estructural coincide con lo planteado por Galtung (1969), en tanto la paz no se entiende exclusivamente como un estado estático, depende en gran medida de un proceso relacional y dinámico que requiere tanto la contención de la violencia directa como la superación de las desigualdades que la sostienen.

Finalmente, los testimonios que refieren que “solo estando tranquilo, bien y respetando el espacio de los compañeros es como nos sentimos tranquilos”, muestran cómo las PPL elaboran horizontes normativos de convivencia que, pese a estar situados en un espacio de coerción y vigilancia, buscan imaginar futuros posibles. En conjunto, los relatos analizados evidencian que la paz penitenciaria se configura en la intersección entre paz negativa y paz positiva, es decir, de un esfuerzo simultáneo de resistencia frente a la violencia inmediata y como una aspiración de transformación social que trasciende los muros de la cárcel; se trata, en suma, de una paz frágil, inacabada y en disputa, pero que constituye un horizonte indispensable para comprender los procesos de subjetivación crítica y reinserción social en contextos de encierro.

Violencia simbólica

La noción de violencia simbólica desarrollada por Bourdieu (1991) resulta clave para comprender cómo, en el espacio penitenciario, los mecanismos de dominación se ejercen de manera sutil, naturalizada y frecuentemente invisibilizada. Como se ha establecido en párrafos anteriores, no se plasma exclusivamente ante la coerción física o, en su caso, por las restricciones materiales propias del encierro; estas formas de violencia se enmarcan en procesos que imponen esquemas de percepción y generan sesgos sociales como el estigma (Goffman, 2001) o jerarquías culturales (García Canclini, 2004) y definiciones legítimas de lo que significa ser/estar en contextos de encierro (Zaffaroni, 2011).

Los relatos y escritos de las PPL nos ilustran este fenómeno en su contexto inmediato, una de ellas señala: “la cárcel […] es complicada, tienes que estar atento, pero no digo en alerta física, sino como estar ocupado, si no lo haces, aquí te comen.” Aquí la prisión aparece como dispositivo que requiere atención plena y constante, las consecuencias de no hacerlo es sufrir emocional y moralmente, es decir, la construcción de paz (negativa) requiere procesos de alerta y compromiso, ya que si no se logra, las formas más elementales de la vida cotidiana los excluyen de los procesos penitenciarios.

Otro interno señala: “la justicia favorece a quienes tienen poder y solvencia económica”, evidenciando que el acceso diferencial a recursos económicos constituye un mecanismo de exclusión que trasciende los muros de la cárcel. Esta afirmación denuncia la percepción sobre la existencia de un sistema jurídico que no opera en condiciones de igualdad, reproduciendo jerarquías sociales bajo la apariencia de neutralidad legal, la violencia simbólica se materializa en la imposición de un orden desigual que legitima la impunidad de algunos y la vulnerabilidad de otros, y que tal situación deriva en procesos penitenciarios que se experimentan de manera multivariada.

En otro testimonio se afirma: “la sociedad tiende a estigmatizarnos sin analizar las causas, porque a veces son cuestiones que ni nosotros podemos controlar.” Aquí se pone de relieve cómo los imaginarios sociales reproducen el estigma del “delincuente” como identidad fija e inmutable, invisibilizando las condiciones estructurales que contribuyen a la criminalización (Zaffaroni, 2011). Esta forma de experimentar la violencia simbólica se inscribe en el lenguaje y en las representaciones colectivas, en las cuales la figura de la PPL se convierte en sinónimo de amenaza, justificando así tanto la exclusión social como la dureza del castigo (Goffman, 2001).

La propia institución penitenciaria aparece en los relatos como espacio de reproducción simbólica de la desigualdad; de manera sustantiva, coinciden en que la cárcel además de privar la libertad física, también impone un “deber ser” que disciplina las identidades que se construyen bajo los principios del encierro, los cuales refieren que la dinámica penitenciaria los coloca constantemente bajo sospecha, reduciéndolos a su condición de “reo” y negando otras dimensiones de su subjetividad que van constituyendo experiencias propias de una institución totalizante. Esta práctica encarna la violencia simbólica como forma de dominación que opera de manera invisible pero efectiva, naturalizando jerarquías y reduciendo a las PPL a categorías estigmatizadas, tanto otras PPL, autoridades penitenciarias y por la sociedad en general.

En conjunto, los relatos muestran que la violencia simbólica en el contexto penitenciario subyace en control interno ejercido por la institución, pero que es atravesado por estructuras sociales más amplias. La desigualdad en el acceso a la justicia, la estigmatización social y la reducción de la identidad a la condición de sujeto de encierro son mecanismos que reproducen y legitiman la subordinación de las PPL. Así, la violencia simbólica se constituye como un eje central en la experiencia, pues atraviesa tanto las prácticas institucionales como las representaciones sociales y consolida un orden de dominación que es, en gran medida, aceptado como natural por la sociedad.

Agencia y contraconductas

La vida penitenciaria se estructura bajo un régimen disciplinario que busca modelar conductas, imponer obediencia y producir sujetos ajustados a la lógica de la institución (Foucault, 2002). Sin embargo, los ensayos y relatos elaborados por las PPL nos muestran que, incluso en contextos de fuerte control, emergen prácticas de resistencia y reapropiación que pueden entenderse como expresiones de agencia y contraconductas que se manifiestan en gestos cotidianos que desafían la reproducción de la violencia, en propuestas alternativas que rebasan el marco punitivo y en discursos que interpelan directamente a las estructuras de poder; no obstante, esta posibilidad se ve reducida a partir de la paz negativa que se instaura en los centros penitenciarios, es decir, las contraconductas son limitadas con relación a los procesos de diálogo o imposición de las autoridades de seguridad.

Otro participante escribe: “me siento seguro de mis pensamientos, porque ahora sé que tengo el control sobre mi mente.” Estos testimonios muestran cómo la resistencia puede adoptar la forma del autocontrol, constituyendo una práctica deliberada de cuidado de sí que interrumpe la lógica del enfrentamiento y la sanción; dicho lo anterior, las contraconductas no se reducen a la desobediencia abierta, su objetivo consiste en desarrollar la capacidad de no responder de la manera que el orden disciplinario espera.

Adyacente a estas prácticas individuales, los relatos también expresan una dimensión propositiva orientada a analizar las condiciones estructurales que son intrínsecas a la seguridad y a la criminalidad, un participante sostiene: “no hace falta construir más cárceles, sino brindar más apoyo a la ciudadanía”, mientras otro advierte: “la corrupción es el mayor obstáculo para alcanzar la paz y la seguridad.” Estas voces se convierten en actos de agencia política, en tanto cuestionan la eficacia de las políticas punitivas y señalan a la corrupción institucional como causa de la violencia, desplazando la responsabilidad de lo individual hacia lo sistémico. Se trata de un ejercicio de crítica que coincide con lo que Scott (2000) denomina “transcriptos ocultos”, en tanto visibilizan resistencias que problematizan el orden establecido y formulan alternativas frente a él.

Al mismo tiempo, se observa un énfasis en la educación como una posibilidad de forjar una herramienta transformadora; uno de los relatos plantea: “la prevención debe comenzar desde la educación impartida en la familia”, mientras otro asegura: “yo, en lo personal, estaría dispuesto a dar pláticas sobre lo que he vivido y sobre lo que he aprendido de la vida.” Estos compromisos nos remiten a observar cómo la enseñanza y el aprendizaje se convierten en un acto político que habilita la acción transformadora (Freire, 2005) dentro de la cárcel; así, la agencia se configura no solo como resistencia pasiva, sino como disposición activa para transmitir saberes y construir vínculos con la sociedad desde la experiencia vivida.

Finalmente, algunos textos proponen medidas concretas que trascienden el plano del testimonio individual y se orientan a la creación de recursos colectivos: “es fundamental crear una bolsa de trabajo para personas en proceso de reinserción […], establecer una fundación que apoye a personas privadas de su libertad que ya cumplieron su condena.” Estas sugerencias evidencian una forma de agencia institucional desde abajo, en la que las PPL formulan mecanismos alternativos de reinserción que cuestionan el carácter meramente punitivo del sistema. No obstante, los propios internos reconocen los límites estructurales que enfrentan sus propuestas, como el estigma social y la falta de oportunidades reales al salir de prisión: “el estigma que enfrentamos al salir de prisión dificulta el acceso al empleo y la educación”.

En conjunto, las narrativas muestran que la agencia en prisión no debe entenderse únicamente como una resistencia ocasional o como resiliencia individual, sino como un campo complejo de prácticas que abarcan desde el autocontrol frente a la violencia, hasta la crítica de las políticas estatales y la elaboración de propuestas colectivas. Se trata de contraconductas que, aunque operan en condiciones restrictivas, permiten a las PPL sostener su dignidad, imaginar alternativas y proyectar horizontes de transformación social más allá de los muros de la cárcel.

Subjetivación crítica

La categoría de subjetivación crítica reflexiona sobre cómo las PPL resignifican su experiencia de encierro y, por ende, construyen conciencia sobre sí mismas y también sobre las estructuras sociales que las atraviesan; este proceso implica el tránsito de una conciencia ingenua a una conciencia crítica, mediante el diálogo y la problematización de la realidad (Freire, 2005). Con esto, se trata de reconocer a los sujetos subalternos como productores legítimos de conocimiento situado, capaces de disputar las narrativas dominantes sobre su propia condición.

En los ensayos, las PPL expresan con claridad este proceso de toma de conciencia; uno de ellos señala: “mi perspectiva ha evolucionado, y ahora entiendo que la paz comienza con uno mismo”, lo que refleja un reconocimiento del papel activo que cada sujeto tiene en la construcción de horizontes de transformación. Otro se pregunta: “la paz, tan deseada y anhelada, ¿cómo puede obtenerse en una sociedad llena de prejuicios, castigos y frivolidad?”, mostrando cómo la reflexión crítica no se limita a lo individual, sino que se orienta a problematizar las estructuras sociales que históricamente reproducen violencia y exclusión.

Este proceso de subjetivación también se articula con una dimensión ética, un interno afirma: “mi peor enemigo no es la gente de aquí, soy yo mismo”, lo cual ilustra un ejercicio introspectivo que apunta al reconocimiento de los propios límites y contradicciones. De manera similar, otro plantea: “para evitar los crímenes, primero tenemos que reconocernos y aceptarnos tal como somos.” Estas afirmaciones reflejan cómo la subjetivación crítica no solo implica denunciar condiciones externas, sino también asumir una autocrítica que habilita procesos de cambio personal vinculados con la dignidad y la reconstrucción de la identidad.

Al mismo tiempo, varios testimonios vinculan su reflexión individual a un plano colectivo donde se integran el cúmulo de reflexiones sobre los procesos de paz. En uno de los ensayos se sostiene que “la sociología interviene en la crítica de la realidad social […] para que cada persona hagamos conciencia de lo malo o bueno de nuestra vida.” Aquí la subjetivación crítica se materializa como capacidad de interrogar las estructuras y prácticas que sostienen la violencia, articulando conocimiento académico y experiencia vivida. Este tipo de reflexiones revelan una apropiación de los contenidos académicos no como un saber externo, sino como un recurso para repensar la vida cotidiana y los vínculos sociales desde el interior de la cárcel.

Otro testimonio sintetiza esta experiencia: “la reflexión aparece porque algo está en problemas […] en lo personal, sobre todo, donde no hay sentido, pero que, creo yo, la experiencia de los compañeros nos invita a entender que la tranquilidad depende de estar bien y ser respetuosos entre nosotros.” Esta afirmación evidencia cómo la subjetivación crítica se nutre del diálogo colectivo, habilitando a las PPL para pensar más allá de las categorías institucionales que las reducen a “delincuentes” y proyectarse como actores capaces de imaginar horizontes de paz y de justicia, tanto en el espacio inmediato como en los horizontes consiguientes.

En conjunto, las experiencias nos muestran que la subjetivación crítica en prisión es un proceso que es transversal a la introspección personal, a la crítica social y a la apropiación de saberes académicos, que en este caso fue el parámetro que marcó la ruta de investigación. A través de este proceso, las experiencias reconstruyen su identidad y también disputan los discursos hegemónicos que los sitúan como objetos pasivos de control, reivindicándose como sujetos epistémicos capaces de generar conocimientos y propuestas; no obstante, estas últimas no trascienden a espacios más formales de organización. De esta manera, la subjetivación se transforma en un eje fundamental para comprender cómo, incluso en un entorno de confinamiento, se manifiestan y emergen procesos de conciencia y resistencia desde abajo.

Consideraciones finales

El análisis realizado permite comprender que la construcción de paz en contextos penitenciarios se configura como un proceso complejo y relacional, en el que se entrelazan las dinámicas de disciplina institucional, las resistencias cotidianas y las prácticas de agencia de las personas privadas de la libertad. Los hallazgos muestran que la paz penitenciaria se despliega en dos planos complementarios. El primero se refiere al proyecto institucional, que articula programas de prevención, reinserción y cultura de paz impulsados desde las autoridades y los marcos normativos. El segundo remite a una experiencia situada que emerge de las prácticas de autocontrol, solidaridad y reflexión crítica elaboradas por las PPL en su vida cotidiana. Ambas dimensiones dependen en gran medida de la creación de rutas de procesos de paz de carácter interinstitucional.

A partir de esta doble dimensión, las alternativas para la construcción de procesos de paz se organizan en tres niveles interrelacionados: primero, en el plano educativo y cultural, resulta indispensable fortalecer programas que reconozcan a las PPL como sujetos epistémicos y agentes de paz, legitimando sus saberes y experiencias como aportes centrales en el diseño de políticas situadas de reinserción; en el plano institucional, se requiere garantizar condiciones dignas de convivencia, espacios de diálogo y mecanismos que favorezcan la gestión no violenta de los conflictos, lo que implica desplazar el énfasis exclusivo en el control hacia un enfoque integral de derechos humanos; finalmente, en el plano comunitario y social, se plantea la necesidad de generar procesos de reconocimiento y acompañamiento que trasciendan al estigma, favoreciendo la reintegración social, educativa y laboral una vez concluida la condena, no obstante, esta situación se ve limitada por las configuraciones históricas que señalan a las personas que en su momento se encontraron en situación de encierro.

Aun así, persisten retos significativos: la continuidad de la violencia simbólica que reproduce estigmas y desigualdades dentro y fuera de la institución, la fragmentación de políticas penitenciarias que priorizan la seguridad sobre la educación, y la falta de mecanismos sostenidos que den estabilidad a los programas de paz, los cuales suelen depender de voluntades coyunturales. Por otro lado, la dificultad para construir puentes con la sociedad refuerza las barreras del estigma, limitando las posibilidades de reinserción y la incorporación a actividades que conlleven a una vida digna, que requieren de espacios laborales acordes a su proceso de reinserción social.

En este contexto, resulta urgente diseñar parámetros institucionales sólidos que permitan sistematizar, resguardar y dar continuidad a las buenas prácticas identificadas en programas educativos, artísticos y comunitarios desarrollados en los centros penitenciarios. Dichas medidas deberían contemplar criterios de participación activa de las PPL, metodologías de evaluación cualitativa que reconozcan los avances en procesos de paz, y un marco de reconocimiento oficial que convierta las experiencias generadas en políticas públicas sostenibles. 

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[1] Doctor en Criminología y profesor de tiempo completo en la Universidad Autónoma de Coahuila. Es coordinador de Investigación y Posgrado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Sus líneas de investigación se centran en las violencias en espacios urbanos, procesos penitenciarios y teoría contemporánea. Correo electrónico: fernando.araujo@uadec.edu.mx. ORCID: 0000-0001-5413-941X.

[2] Doctor en Sociología y profesor de tiempo completo en la Universidad Iberoamericana, Torreón, donde coordina el doctorado en Investigación de Procesos Sociales y el Observatorio de Violencias Sociales y Experiencias Comunitarias. Su investigación se centra en las experiencias comunitarias, las violencias sociales y la teoría crítica. Correo electrónico: walter.salazar@iberotorreon.mx. ORCID: 0000-0002-6100-4836.

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