Limitantes de los procesos de paz y alternativas de paces híbridas desde las resistencias locales.

Limits to peace processes and hybrid peace alternatives from local resistance

 Luis Manuel Vizcaino Guevara[1]

 

Resumen: Este artículo de revisión y reflexión analiza las dos corrientes dominantes de la construcción de paz en los siglos XX y XXI: la paz liberal y la paz local. También, analiza las limitaciones inherentes en cada enfoque y las alternativas que han surgido para superar dichas restricciones, con el propósito de avanzar hacia la construcción de paces híbridas. De igual manera, se busca comprender la lógica de los intentos de paz en América Latina bajo estos principios; asimismo, identificar cómo las experiencias regionales desafían estos dos esquemas y promueven la formulación de propuestas alternativas. En este marco, se revisan los principales obstáculos para la paz —las denominadas dinámicas de contrapaces— y se resalta la necesidad de promover alternativas creativas basadas en la resistencia constructiva y en procesos de hibridez. Tales procesos requieren el acompañamiento y el respaldo de actores intermedios que fortalezcan y estimulen los esfuerzos comunitarios. El estudio se fundamenta en las teorías de diversos exponentes de los estudios críticos de paz, los estudios de resistencia y las propuestas de hibridez, con el fin de plantear una noción de paz híbrida local-emancipatoria de orientación liberal.

 

Palabras clave: liberal, local, contrapaz, emancipatorio, territorio.

 

Abstract: This review and reflection paper analyzes the two dominant peace frameworks of the twentieth and twenty-first centuries: liberal peace and local peace. It also examines the inherent limitations of each approach and the alternatives that have emerged to overcome these restrictions, aiming to work toward the construction of hybrid peace. It seeks to understand the logic behind peace efforts in Latin America under these principles and to identify how regional experiences challenge these two frameworks, thereby promoting the formulation of alternative proposals. Within this framework, the main obstacles to peace —the so-called counter-peace dynamics— are reviewed, and the need to encourage creative alternatives based on constructive resistance and hybrid processes is highlighted. Such methods require the support and guidance of intermediary actors who strengthen and stimulate community efforts. The study is grounded in the theories of various proponents of critical peace studies, resistance studies, and hybrid proposals, recommending a notion of a local-emancipatory hybrid peace with a liberal orientation.

 

Keywords: liberal, local, counter-peace, emancipatory, territory.

 

Introducción

Ante la persistente y alarmante situación de violencia que afecta a México y a numerosas regiones del mundo, resulta indispensable reflexionar sobre las causas estructurales que propician la reproducción de las violencias y explorar alternativas que posibiliten la construcción de una paz positiva, incluyente y sostenible. Para ello, es fundamental revisar los diversos esfuerzos y enfoques teóricos orientados a la edificación de la paz, tanto en el ámbito internacional como en el local, así como las limitaciones y los bloqueos. Esto implica una comprensión de los obstáculos persistentes, las dinámicas de sabotaje y las resistencias que limitan su efectividad (Pogodda et al., 2023).

El análisis se centrará en los procesos desarrollados durante los siglos XX y XXI, enmarcados en la conformación de una arquitectura internacional de paz (IPA, por sus siglas en inglés) (Richmond, 2022). Este modelo parte de la denominada paz liberal, que privilegia la institucionalidad democrática, el libre mercado y la gobernanza internacional, y evoluciona hacia propuestas que incorporan una visión más local y emancipadora, producto de las limitaciones evidenciadas por el paradigma liberal. En este tránsito emergen las denominadas paces híbridas, entendidas como articulaciones entre prácticas locales de resistencia —por ejemplo, los procesos comunitarios de reconciliación en el Cauca colombiano o las rondas campesinas en Perú— y estructuras internacionales de apoyo a la paz. Estas experiencias ilustran cómo las comunidades, ante los bloqueos estructurales de los procesos formales, desarrollan alternativas creativas que combinan lo local con lo global para sostener la paz desde abajo.

Por un lado, el paradigma de paz liberal surge tras las guerras mundiales como un esfuerzo institucional y normativo orientado a la prevención de conflictos y al mantenimiento del orden internacional (Selby, 2013). Sin embargo, ante los límites de la paz liberal, emergió la necesidad de buscar alternativas provenientes de la sociedad civil y de saberes locales, lo que se conoce como el giro local o la construcción de paz “desde abajo”. Por otro lado, el giro local (Mac Ginty & Richmond, 2013) surgió como respuesta crítica a la incapacidad del paradigma liberal para erradicar la violencia estructural y prevenir la reactivación del conflicto armado tras las intervenciones internacionales. Este enfoque reivindica el papel de las comunidades como agentes activos de transformación social, priorizando las prácticas de reconciliación, memoria, justicia restaurativa y autonomía territorial. No obstante, los esfuerzos locales también enfrentan obstáculos considerables: la cooptación por parte de las élites locales, la falta de recursos y la asimetría de poder frente a actores estatales o internacionales. Ejemplos de estas tensiones se observan en los procesos comunitarios de paz en Colombia —como los de San José de Apartadó o el Cauca—, en los cuales las iniciativas locales han debido resistir tanto la violencia armada como la presión institucional. Analizar estos bloqueos permite comprender a los saboteadores de la paz y abre la posibilidad de diseñar acciones híbridas, en las que convergen actores locales, intermedios e internacionales en condiciones más equitativas. En este sentido, la negociación multinivel y la institucionalización flexible de estos procesos son claves para la construcción de estructuras sostenibles de paz.

El presente trabajo adopta un enfoque teórico-analítico que dialoga con los aportes de la literatura crítica sobre paz, resistencia e hibridez. Su propósito es iluminar las alternativas que emergen al comprender las dinámicas de contrapaz, los procesos de paz emancipadora, la resistencia y las contribuciones de la teoría de los movimientos sociales. El artículo se estructura en cinco secciones. En primer lugar, se aborda la base conceptual de la paz liberal y sus principales limitaciones. En segundo, se analizan los enfoques locales como alternativas, enfatizando la necesidad de esfuerzos emancipadores que fortalezcan la agencia comunitaria. En tercer lugar, se examina el problema sistémico de los saboteadores y los bloqueos a la paz, expresados en las dinámicas de contrapaz dentro de los modelos liberales y locales. En cuarto, se exploran las formas de resistencia a las violencias —desde las cotidianas hasta las organizadas y propositivas— como fuentes de creatividad política y de reconstrucción social. Finalmente, se propone un marco de paces híbridas, entendidas como articulaciones dinámicas entre las resistencias locales y los marcos institucionales, capaces de abrir horizontes hacia una paz más inclusiva y transformadora.

Los esfuerzos de paz liberal y sus limitaciones

Como se mencionó al inicio, el proyecto de paz surgido tras las guerras mundiales se sustentó en el liberalismo institucional. Esto implica la creación de una institucionalidad internacional que permita mantener un horizonte de paz, basado en estados liberales que sostengan y generen estructuras de paz. Este paradigma apostó por la consolidación de estados liberales como sus garantes mediante la instauración de instituciones democráticas, la promoción del libre mercado y el respeto al estado de derecho. Tal enfoque se reflejó con claridad en las misiones de las Naciones Unidas (ONU) destinadas a la negociación, la reconstrucción y el mantenimiento de esta en contextos de posconflicto, como, por ejemplo, en Camboya, Bosnia y Herzegovina o Timor Oriental. En esa medida, la perspectiva de paz liberal representó una visión institucionalizada, tecnocrática y orientada desde el “norte global”, que pretendía replicarse en escenarios del sur global sin atender plenamente las dinámicas, culturas y estructuras sociales locales. Este desajuste generó tensiones y resistencias que, a la postre, dieron origen al denominado giro local o enfoque de paz desde abajo (Mac Ginty & Richmond, 2013). En esta primera sección se examina el desarrollo del proyecto de paz liberal, sus características principales, la evolución de sus postulados y sus limitaciones. Este proyecto de paz liberal parte del supuesto de que la institucionalidad formal, la construcción de estados liberales y la adaptación de normas conducirán a una paz duradera. Comprender estos principios resulta clave para identificar tanto sus aportes como sus deficiencias en los procesos contemporáneos de paz.

Selby (2013, pp. 58-65), retomando las conceptualizaciones de Duffield, Pugh y Richmond, propone los principios que componen este marco de paz liberal en siete características comunes: 1) El proyecto de paz liberal se compone de elementos económicos liberales o neoliberales[2] e instituciones políticas[3] como camino hacia la paz. 2) El marco de paz liberal se funda en la tradición del liberalismo filosófico y político, en los escritos de Hobbes, Kant, Rousseau, Locke, Bentham, entre otros (Richmond, 2011, p. 5). 3) Las intervenciones de paz y los esfuerzos de reconstrucción se encuentran como el programa hegemónico, con procesos estandarizados en los programas oficiales. 4) Los proyectos de paz han de ser ejecutados por varios actores internacionales, tales como las organizaciones no gubernamentales (ONG) y la Agenda de Paz de las Naciones Unidas (Boutros-Ghali, 1992). 5) Este proyecto se comienza a crear en lo local, mayormente en tres sentidos: debido a la resistencia, entendida como un obstáculo (Paris, 2010); no entrando en diálogo con lo local (Richmond, 2011, 2015); e incluso promoviendo agendas neoliberales, que incrementan la pobreza y la desigualdad (Pugh, 2005). 6) Para el establecimiento del proyecto liberal usualmente se usan métodos iliberales. 7) Normalmente, estas características son impuestas por las naciones “desarrolladas” a las naciones nacientes o salientes del conflicto.

En consecuencia, estas características nos muestran un esquema centrado en las relaciones entre países como base para la paz. Sin embargo, presenta graves limitaciones en la implementación local y en la eliminación de las violencias estructurales y culturales, ya que se centra en detener la violencia directa. Además de enfrentarse a bloqueos y fallos por parte de los actores en disputa. Ejemplos como el fracaso de la reconstrucción institucional en Afganistán o la limitada efectividad de las misiones internacionales en Haití, evidencian cómo la imposición de modelos externos puede reproducir dependencias y desigualdades, en lugar de fortalecer las capacidades locales.

Es indudable que el modelo de paz liberal ha evolucionado con el tiempo. En sus orígenes, fue concebido principalmente como una estrategia orientada a poner fin a los conflictos armados y a facilitar la creación o la reconstrucción de nuevos países o instituciones. Sin embargo, su desarrollo ha implicado múltiples ajustes derivados de los fallos observados en su aplicación práctica y de las críticas teóricas acumuladas respecto de su efectividad. En ese sentido, Richmond (2010, 2020, 2024) distingue tres generaciones del proyecto de paz liberal y una cuarta, la generación posliberal, también denominada paz híbrida local emancipatoria-liberal. Las tres primeras generaciones reflejan la evolución del modelo y su progresiva adaptación a los contextos de posconflicto, organizándose en torno a tres niveles analíticos: gestión de conflictos, resolución de conflictos y construcción de paz liberal y estatal (Richmond, 2010). La primera generación se enfoca en la mediación diplomática y la negociación entre estados enfrentados. La segunda generación se centra en el mantenimiento de la paz mediante misiones internacionales. La tercera generación orienta sus esfuerzos hacia la reconstrucción institucional para el mantenimiento y la construcción de la paz, con un mayor involucramiento de la sociedad civil y una intervención más directa. Sin embargo, a pesar de estas transformaciones, los resultados siguen siendo limitados: los conflictos suelen reactivarse y los cambios estructurales necesarios para una paz duradera no se consolidan. Como señala Paris (2010), si bien el modelo liberal no ha alcanzado todos los objetivos propuestos, sigue siendo considerado por algunos como “la mejor opción disponible”, aunque claramente insuficiente.

A pesar de los avances en su formulación, el enfoque liberal continúa enfrentando limitaciones sustantivas que exigen una revisión crítica y la búsqueda de alternativas más inclusivas y contextualizadas. Autores como Richmond, Duffield y Pugh han cuestionado este paradigma por su carácter estandarizado e impuesto, que reproduce un modelo de paz global sin atender a las especificidades culturales, políticas y económicas de los territorios intervenidos. Aunque el discurso liberal reivindica los principios de autodeterminación y de derechos humanos, en la práctica tiende a aplicar métodos coercitivos y verticales que restringen la autonomía de las comunidades locales. Así, por ejemplo, las misiones internacionales en Kosovo o en Sudán del Sur reprodujeron estructuras de dependencia y desigualdad, al imponer mecanismos institucionales ajenos a las formas locales de gobernanza y de resolución de conflictos.

Las críticas más consistentes al modelo liberal de paz se centran, por lo tanto, en su falta de adaptación a las comunidades locales (Selby, 2013) y en su incapacidad para abordar las dinámicas de las “nuevas guerras” caracterizadas por la multiplicidad de actores y la fragmentación de intereses (Kaldor, 2013). A esto se suman los bloqueos estructurales derivados de la intervención de grupos armados, organizaciones criminales y fuerzas paramilitares (Duffield, 2011), así como la ausencia de análisis profundos sobre las condiciones específicas de cada territorio (Leonardsson & Ruud, 2015). Más aún, la propuesta de paz liberal se ha unido a la del libre mercado y a elementos de globalización, los cuales, si bien producen avances, también han exacerbado las desigualdades, debilitado la soberanía de los estados y propiciado el abuso de las comunidades locales y la mercantilización de la paz (Selby, 2008). Ejemplos como la explotación de recursos naturales en regiones posconflicto, como en Sierra Leona o en el norte del Cauca, Colombia, muestran cómo los proyectos de reconstrucción económica pueden profundizar la violencia estructural en lugar de reducirla.

Frente a estas tensiones, resulta cada vez más necesario repensar las paces híbridas que reconozcan el valor de las resistencias locales, las prácticas comunitarias de reconciliación y los saberes endógenos como pilares de una paz genuinamente emancipadora. Este recorrido conduce al denominado giro local, que será desarrollado con mayor profundidad en la siguiente sección, y que dio origen a la reflexión sobre una cuarta generación de paz, caracterizada por la emergencia de esquemas híbridos y posliberales. Esta cuarta generación constituye un avance significativo en el pensamiento y la práctica de la paz, al integrar los aprendizajes de las etapas anteriores —centradas en la gestión, resolución y construcción liberal de la paz— con enfoques que promueven la participación activa de las comunidades, la reforma del Estado, el fortalecimiento de los movimientos sociales y el empoderamiento de la sociedad civil. Su horizonte es la paz positiva, entendida como la eliminación de las diversas formas de violencia —directa, estructural y cultural— y la construcción de relaciones sociales más justas e inclusivas (Richmond, 2024, pp. 91-93).

En esta nueva generación, los procesos locales y los marcos liberales dejan de concebirse como dimensiones opuestas para entenderse como espacios interdependientes de acción y negociación. De su interacción surgen los denominados procesos de paz híbridos o esfuerzos posliberales, en los que las iniciativas comunitarias de base —como los mecanismos de mediación indígena en Chiapas o las comunidades de paz en Colombia— dialogan y se articulan con estructuras institucionales más amplias, generando resultados más sostenibles y culturalmente pertinentes. Estas experiencias demuestran que la construcción de paz requiere una interacción constante entre lo global y lo local, donde los saberes comunitarios, las resistencias cotidianas y los marcos normativos internacionales se entrelazan para crear formas innovadoras de convivencia y reparación social. Por lo cual, resulta indispensable revisar, en la siguiente sección, los avances y limitaciones del giro local, prestando especial atención a los bloqueos estructurales y a la necesidad de fortalecer los espacios de colaboración entre ambos horizontes de acción.

El giro local y la importancia de las búsquedas emancipatorias

Además de las críticas dirigidas al modelo de paz liberal —centradas principalmente en su limitada capacidad de adaptación a los contextos locales y en su escasa consideración de los actores que sabotean los procesos—, las estadísticas indican que tres cuartas partes de los procesos de paz por procesos liberales de democratización han recaído en regímenes autoritarios al poco tiempo (Richmond, 2010). Esto parece consecuencia de procesos ligados a gobernanza central, sin considerar a todos los actores y sus necesidades, tal como se dio en los casos de Kosovo, Timor Este, entre otros, en los cuales los procesos de construcción estatal se desarrollaron bajo una fuerte tutela internacional y evidenciaron tensiones entre la lógica liberal de la institucionalidad y las dinámicas culturales y comunitarias de base.

El giro local surge, precisamente, de los esfuerzos de la sociedad civil por generar transformaciones desde sus propias realidades y erradicar las múltiples formas de violencia. Paradójicamente, esta participación de la comunidad se ha intensificado con el programa de paz liberal, ya que, en principio, establece instituciones que abren espacio para expresar quejas y un lugar para la sociedad civil organizada y activa que demande las transformaciones necesarias y enfrente los esquemas violentos que se padecen. Por lo tanto, para enfrentar esas violencias experimentadas, ya sean directas, estructurales o culturales (Bourdieu & Wacquant, 2004), es necesaria la participación local mediante el involucramiento de la sociedad civil.

Este reconocimiento de la sociedad civil y de las comunidades locales para construir paz impulsa un giro local, en el que se tome en cuenta la voz de la comunidad y se construya desde el consenso. Esta posición fue adoptada, primordialmente, en tres condiciones; por un lado, desde el proyecto liberal como un proceso en el que las ONG, financiadas por instituciones occidentales como la ONU, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), entre otras, se involucran con actores locales en la búsqueda de adopciones locales del programa propuesto por la agenda e instituciones neoliberales; por otro lado, como esfuerzos individuales y particulares conocidos como paces cotidianas (Mac Ginty, 2025); y, por último, por propuestas de paces emancipatorias, articuladas desde movimientos de resistencia que buscan cambios estructurales en las relaciones de poder (Richmond, 2022).

El éxito del giro local depende, por lo tanto, del reconocimiento genuino de las culturas, tradiciones y demandas comunitarias, y no de una mera instrumentalización. Donais (2009) enfatiza que toda construcción de paz debe partir de las formas locales de autoridad y legitimidad, mientras que Bräuchler y Naucke (2017), desde una perspectiva antropológica, destacan la necesidad de un enfoque etnográfico y participativo que respete las prioridades y los modos de vida de las comunidades. Sin embargo, en numerosos procesos, la dimensión local se ha utilizado de manera funcional para legitimar la agenda liberal más que para fortalecer la autonomía de los pueblos. Este tipo de giro local inducido —promovido desde el exterior— tiende a reducir la participación comunitaria a un método para implementar políticas predefinidas (Richmond, 2024). Si bien, es innegable que los programas impulsados por organismos internacionales han aportado recursos económicos y logísticos que mejoran la infraestructura y la visibilidad de las comunidades, también han reproducido estructuras de dependencia y cooptación por parte de las élites locales. En consecuencia, los problemas estructurales persisten y las soluciones tienden a ser de corto plazo.

Otra dimensión clave del giro local se centra en la paz cotidiana (Mac Ginty, 2025). Este enfoque parte del reconocimiento de que las violencias infringidas en las comunidades generan esquemas de resistencia y esfuerzos que se manifiestan cotidianamente, siguiendo la lógica de la resistencia cotidiana, planteada por Scott (1985). A través de gestos, prácticas comunitarias, redes de apoyo y mecanismos simbólicos, las personas encuentran maneras de sostener la convivencia y reducir los efectos de la violencia. Si bien estas dinámicas ofrecen aprendizajes valiosos sobre la resiliencia social y el poder transformador de lo micro, su carácter fragmentario y contextual dificulta su institucionalización a largo plazo.

Por ello, el verdadero potencial del giro local reside en los procesos comunitarios emancipatorios que surgen como respuesta directa a las violencias experimentadas (Richmond, 2024). Este enfoque busca fortalecer la capacidad de agencia de las comunidades para definir sus propias rutas hacia la paz, desde sus saberes, prácticas y horizontes culturales. La paz local emancipatoria (Richmond, 2022) se concibe como una respuesta integral a las violencias directas, estructurales y culturales, así como a las demandas de reconocimiento, de respeto, de mejores condiciones de vida y de paz. Para lo cual se requiere explorar nuevas epistemologías y estrategias de construcción de paz que partan del territorio y de las experiencias locales, capaces de romper los ciclos de dominación e imaginar futuros más justos. 

Sin embargo, estos movimientos enfrentan obstáculos estructurales y políticos significativos. En muchos casos, los esfuerzos locales —especialmente aquellos promovidos mediante la instrumentalización del “giro local” por parte de agencias externas— tropiezan con resistencias internas y con la cooptación de las élites, lo que impide abordar las causas profundas de la violencia. Incluso los procesos de paz cotidiana o emancipatoria, aunque generan transformaciones importantes en las relaciones comunitarias, suelen carecer de las condiciones para consolidarse a largo plazo. A esto se suma la interferencia de actores con intereses creados, como caciques locales, organizaciones gubernamentales corruptas o grupos criminales (cárteles), que se benefician del mantenimiento del conflicto y sabotean las iniciativas autónomas. Una auténtica paz local con componente emancipatorio debe centrarse en fortalecer la agencia de los actores y su capacidad para enfrentar las estructuras hegemónicas que se les presentan mediante prácticas de resistencia, tanto cotidianas como organizadas. Estas prácticas incluyen desde formas sutiles de oposición y desobediencia (Scott, 1985) hasta movimientos sociales de resistencia o de resistencia organizada (Lilja et al., 2017). Para eliminar la violencia, estas comunidades resisten la opresión y proponen cambios en la estructura cuando las condiciones políticas lo permiten (Tarrow, 1998).

Este método de paz implica que cuando existe opresión, ya sea por parte de una estructura o de actores opresores, como caciques, grupos de interés o incluso gobiernos, la solución de paz no puede ser simplemente una estructura instituida “desde arriba”. Cuando las quejas y las demandas de las comunidades no se escuchan, el ciclo de violencia se reproduce. En cambio, el reconocimiento y el fortalecimiento de la resistencia local permiten convertir la oposición en propuesta y transformar el conflicto en un espacio de creación política.

En síntesis, el giro local representa un paso necesario en la búsqueda de alternativas de paz adaptadas a contextos afectados por violencias directas, estructurales y culturales. Dichas alternativas se materializan en prácticas de resistencia cotidiana y organizada, que encarnan una paz emancipadora frente a las formas de opresión. Sin embargo, como se desarrollará en la siguiente sección, estos esfuerzos se ven constantemente amenazados por los saboteadores de la paz y por las dinámicas de contrapaz que buscan mantener las estructuras de poder existentes. La identificación de estos patrones de sabotaje y el análisis de las estrategias de resistencia que los enfrentan resultan esenciales para comprender cómo emergen las paces híbridas a partir de la interacción entre lo local, lo institucional y lo emancipatorio.

Los bloqueos para la paz y los contrapases. Perspectivas locales

En este panorama, en el cual tanto los esfuerzos de paz liberal como los intentos de paz local impulsados por la sociedad civil enfrentan múltiples obstáculos para consolidar una paz duradera, resulta indispensable analizar a los saboteadores y bloqueos estructurales que impiden la estabilidad de los procesos. Comprender estas dinámicas es clave para explicar porqué muchos acuerdos de paz terminan por transformarse en escenarios de contrapaz, es decir, contextos en los que los mecanismos institucionales o las prácticas políticas reproducen las mismas violencias que pretendían superar (Pogodda et al., 2023).

Para empezar, algunos de los conflictos se deben a una serie de saboteadores que buscan réditos perpetuando el conflicto mediante la obstaculización del acuerdo. Otros conflictos se perpetúan debido a patrones de contrapaz; por lo cual, si se busca la paz, es necesario revisar los bloqueos en los ámbitos regionales, los actores locales, los factores estructurales y los actores externos (Pogodda et al., 2023, pp. 494-495). En ambos casos, ya sean los sabotajes a la paz por parte de los firmantes o, incluso, al considerar más factores o contrapaces, la comprensión de dichas dinámicas permite apreciar la necesidad de un abordaje más inclusivo.

De la misma manera, Pogodda et al. (2023) identifican tres patrones de contrapaz que explican la persistencia de la violencia más allá de los acuerdos formales. Su descripción arroja luz sobre cómo estos esquemas de obstaculización de la paz no son solo una inconformidad localizada o la codicia de uno de los actores, sino un sistema en el que se establece una serie de obstáculos a la paz. La separación en tres dinámicas ayuda a evaluar cómo los procesos de paz liberales y los movimientos emancipadores de las comunidades locales se ven atrapados en estas dinámicas de contrapaz, debido al poder de otros actores e intereses: a) patrón de estancamiento, b) contrapaz limitada y c) contrapaz absoluta.

En primer lugar, el patrón de estancamiento se centra en cómo las estructuras de reparto de poder han generado luchas entre las facciones. Este caso presenta una presencia constante de saboteadores que obstaculizan la paz. En estas situaciones, las intervenciones “desde arriba” suelen buscar dividir el poder político entre los grupos; sin embargo, esta dinámica crea una serie de obstáculos para los procesos de reconciliación. Como señalan Pogodda et al. (2023, p. 499), “los acuerdos de reparto de poder han permitido a las élites (etno)nacionalistas apropiarse del proceso de paz e integrar procesos de contrapaz en las instituciones estatales”.[4] Esto se observa en escenarios en los que la división territorial o la distribución del poder político tras un conflicto genera nuevas formas de exclusión y dependencia. Así, la negociación misma no garantiza la resolución del conflicto, sino que puede reconfigurarlo en torno a nuevos intereses hegemónicos.

En segundo lugar, el patrón de contrapaces limitadas es quizás el más recurrente en el Sur Global, donde el sistema político presenta instituciones frágiles, una presencia débil del Estado y la coexistencia de múltiples formas de violencia y de actores en pugna, lo que genera conflictos fragmentados y la proliferación de organizaciones criminales, corrupción y luchas por territorios y recursos. Esto implica un Estado e instituciones frágiles o corruptas, así como la lucha de intereses de los habitantes locales, de grupos criminales e intereses políticos, lo cual convierte la construcción de paz en una tarea muy compleja; presentando un panorama que obliga a pensar en las diversas resistencias a las violencias y en las alianzas en busca de alternativas de paz duraderas. Sin embargo, existen estructuras básicas que permiten vislumbrar alternativas a partir de las resistencias, la organización y los niveles de seguridad.

El panorama más complejo se presenta en el tercer patrón: la contrapaz absoluta. Es una contrapaz más dramática y sin paliativos. Esta estructura presenta “opresión severa, en la cual los derechos humanos son violados sistemáticamente a través del país (esto es, dictaduras, regímenes militares y guerras civiles/intraestatales)”[5] (Pogodda et al., 2023, p. 506). En estos contextos, las instituciones pierden toda legitimidad y la violencia se convierte en un medio estructural de gobierno. La magnitud de la represión y la impunidad generalizada hacen que, en ocasiones, las intervenciones internacionales sean necesarias para evitar genocidios o catástrofes humanitarias prolongadas.

Estos panoramas de contrapaces nos llevan a prever que las estrategias de construcción de paz requieren un análisis de las estructuras existentes y de las amenazas sistémicas a la paz, ante todo, en contextos de vulnerabilidad. Más aún, los mismos motivos que han guiado a los saboteadores de acuerdos de paz son los que guían a otros actores que se convierten en contrapartes. En este sentido, el modelo propuesto por Pogodda et al. (2023) permite comprender los mecanismos que bloquean la transformación social y la agencia comunitaria, iluminando los puntos de inflexión desde los cuales pueden surgir alternativas híbridas y locales.

En el caso de México, estas dinámicas se hacen visibles tanto en comunidades rurales que demandan el fin de las violencias estructurales, como en los entornos urbanos atravesados por la disputa territorial entre grupos armados. De igual modo, se observan esquemas similares en otros países de América Latina, como Colombia, Guatemala o El Salvador, donde la combinación de fragilidad institucional, corrupción y economías ilícitas ha obstaculizado los esfuerzos por consolidar la paz. Estas situaciones demuestran que la eliminación de la violencia no depende únicamente de la firma de acuerdos, sino también de la capacidad de las comunidades para resistir, reorganizarse y construir alternativas propias de convivencia frente a las estructuras hegemónicas.

De este modo, los procesos de paz deben volverse más inclusivos y pluriversales, adoptando una perspectiva posliberal, con esquemas que respeten la autodeterminación, las tradiciones y las diferencias culturales. En contraposición, los modelos centralizados de poder —que buscan imponer el orden desde una autoridad concentrada— tienden a reproducir los mismos ciclos de opresión, exclusión y violencia estructural que pretenden resolver. Solo reconociendo la pluralidad de actores, saberes y resistencias, es posible avanzar hacia formas de paz híbridas, en las que las estructuras institucionales y las iniciativas comunitarias coexistan y se fortalezcan mutuamente, abriendo camino a una paz más justa y sostenible.

Resistencias locales como camino

Los esquemas de violencia y resistencia se presentan en diversas partes del mundo, pero resultan particularmente evidentes en América. Esta resistencia es la respuesta a lo que Pearce (2010) denomina el continuum de la violencia, es decir, una que sea persistente a lo largo del tiempo. Las estadísticas del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo muestran que 26 países de América Latina figuran entre los más peligrosos del mundo. Pearce (2010) identifica cuatro características que predicen altos niveles de violencia en la región: desigualdad estructural, reflejada en el índice GINI; elevados niveles de pobreza, altas tasas de homicidios asociadas con la producción y el tráfico de drogas, y elevados índices de impunidad que perpetúan la delincuencia. Frente a este panorama de conflictividad prolongada y de lucha entre múltiples actores, la resistencia emerge como una forma de respuesta y supervivencia.

Para comprender estos procesos, resulta necesario detenerse primero en el concepto de poder y resistencia. El pensamiento de Foucault ofrece un marco fundamental centrado en el concepto de poder y sus manifestaciones, reconociendo que este se encuentra presente en todas partes, en cada relación, y no solo en la dominación hegemónica de un país. Las dinámicas de poder se arraigan en todo momento, repitiéndose y reproduciéndose. Foucault (1978) localiza cinco características del poder que deberían ser la base para comprender su funcionamiento: 1) el poder se ejerce en una relación desde innumerables puntos; 2) el poder está arraigado en la relación, no es algo externo; 3) el poder no solo está presente en el grupo gobernante desde arriba, sino también desde abajo; 4) es posible identificar lógicas de poder, pero forma parte de cualquier relación; y, finalmente, 5) la resistencia también forma parte de la relación de poder (Foucault, 1978, p. 96). De esta forma, poder y resistencia están entrelazados y son inevitables. Toda relación social —entre comunidades, regiones o estados— implica un juego constante de dominación y oposición. Por lo tanto, para analizar la viabilidad de un movimiento local de paz emancipadora, es indispensable comprender cómo opera el poder sobre las comunidades y qué mecanismos de resistencia despliegan para enfrentarlo.

Continuando con el desarrollo del poder y la resistencia, es fundamental debatir sobre la resistencia para profundizar en nuestra comprensión de las formas que favorecen el éxito de un movimiento local de paz emancipadora (Hollander & Einwohner, 2004). Para ello, se parte de que toda relación está imbuida de poder y resistencia, y que dicha resistencia puede reconocerse como una actividad de oposición al poder. Estas actividades de oposición se reconocen principalmente cuando forman parte de una resistencia organizada contra el poder hegemónico. Sin embargo, como planteó Scott (1985), las acciones de resistencia forman parte de la vida cotidiana de quienes sufren opresión o violencia; esta es la resistencia cotidiana. Si bien algunos autores del mundo académico no consideran la resistencia cotidiana debido a las discusiones sobre su efecto y su conciencia, existe una interrelación entre la resistencia cotidiana y la organizada, y ambas se apoyan mutuamente (Lilja et al., 2017). En los siguientes párrafos se desarrollarán las principales perspectivas sobre la dinámica de la resistencia, los puntos polémicos y las características fundamentales para analizar las acciones de los movimientos locales de paz emancipadora.

Tradicionalmente, la resistencia se entendía como una acción colectiva contra la hegemonía (Tarrow, 2011). En esa medida, los movimientos sociales son medios por los que, quienes carecen de poder político, pueden desafiarlo mediante acciones contenciosas que a menudo implican violencia contra las élites y las autoridades. Estos movimientos generan solidaridad entre diversos actores y fomentan el sentido de identidad. Asimismo, son fruto de la política contenciosa cuando se enfrentan a redes sociales arraigadas en la sociedad. Esta política contenciosa surge cuando se amplían las oportunidades políticas (Tarrow, 2011, pp. 16-17). Sin esas oportunidades políticas, no pueden formarse movilizaciones organizadas. Con los cambios sociales provocados por la globalización, la resistencia se ha convertido en un problema que trasciende el ámbito estatal e involucra a otros actores. Esto es evidente, considerando que el poder está arraigado en cualquier relación; por lo tanto, la resistencia no necesariamente se dirige contra el Estado, ya que el poder y la violencia pueden provenir de distintas fuentes.

Además de esta claridad sobre cómo la resistencia organizada y colectiva se produce a través de valores o identidades comunes, como la contrahegemonía, y sobre la importancia de las oportunidades políticas para producirla, es esencial centrarse en la resistencia cotidiana, en sus manifestaciones y en la relación entre la resistencia cotidiana y la colectiva. En primer lugar, “la resistencia cotidiana se entiende como un tipo específico de resistencia que se realiza de forma rutinaria, pero que no se articula públicamente con reivindicaciones políticas”[6] (Johansson & Vinthagen, 2014, p. 1). Esta resistencia es un acto de oposición, pero suele estar oculta o no ser abiertamente adversaria debido al desequilibrio de poder. Por ende, Scott (1985) afirma que la resistencia cotidiana es la caja de herramientas de las personas oprimidas e indefensas para resistir; estas acciones de resistencia están presentes en tres ámbitos: material, de estatus e ideológico, y pueden ser públicas (como en los movimientos sociales abiertos) o acciones cotidianas ocultas (como la lentitud, el sabotaje, la evasión, la falsa obediencia, entre otras) que no hacen mucho ruido, pero son significativas.

Las acciones locales de resistencia cotidiana pueden convertirse en una resistencia colectiva y organizada cuando la situación lo permite. Esta transformación se puede dar de manera lineal, como postula Scott (1985), cuando la resistencia cotidiana, bajo ciertas condiciones, puede convertirse en una resistencia colectiva; o, como afirmó Bayat, existe una oscilación entre la resistencia cotidiana y la organizada, dependiendo de la represión y de las circunstancias. Sin importar si la relación es lineal u oscilatoria, existe una interrelación entre la resistencia cotidiana y la organizada. Por lo cual, la resistencia organizada fomenta y genera otra resistencia cotidiana y, viceversa, según las circunstancias (Lilja et al., 2017).

Más allá de esta relación fundamental que permite comprender la relación entre las resistencias cotidianas y organizadas, es indispensable buscar una clasificación que ayude a comprender cómo esta resistencia puede convertirse en movimiento para la paz. Este análisis lo ofrecen Baaz, Lilja, Schulz y Vinthagen en su texto ABC de la resistencia (2023). Este texto introduce que, además de la clasificación cotidiana y organizada, con sus variantes, la resistencia se presenta con tres funciones: evitar, romper y construir.[7] Esto implica que tanto las resistencias cotidianas como las organizadas priorizan estas tres actividades. Primero, la resistencia que evita se refiere a las estrategias, tanto cotidianas como organizadas, que buscan esquivar los daños derivados de la violencia que se recibe; usualmente, son las resistencias cotidianas que buscan pasar desapercibidas, junto con otras estrategias. Segundo, la resistencia que rompe es aquella que, como lo indica su nombre, elimina los ciclos de violencia, igualmente, puede ser cotidiana u organizada; sin embargo, tiende a ser más organizada. Por último, la resistencia constructiva es el paso organizativo adicional de proponer cambios que repercutan en la construcción de alternativas. Si bien, las tres estrategias son fundamentales, sería deseable llegar a la tercera, como comunidades que se vuelven proactivas y autogestivas; sin embargo, las dos primeras son fundamentales, ya que buscan romper lo que se nombró al comienzo como un continuum de violencia.

Una clave para entender estas dinámicas en América Latina es que un lugar especialmente contencioso ha sido el de las comunidades indígenas, ya que estos pueblos originarios han resistido violencias durante muchos años y proponen dinámicas de cambio en los horizontes y los valores sociales. Por ejemplo, pueden surgir diversos valores, como la etnopolítica de la resistencia indígena (Varese, 1996, p. 60), que identifica las principales razones de la resistencia de los pueblos indígenas en América Latina, entre éstas los valores ecológicos y económicos.

En general, esto significa que, cuando existen amenazas a la forma de vida de las comunidades indígenas, tienden a resistir y a buscar rescatar sus valores. De igual manera, configuran su resistencia a partir de la solidaridad dentro de la misma comunidad, buscando establecer alianzas que les permitan preservar sus territorios y su forma de vida organizativa. Esto solo puede lograrse mediante la experiencia de la resistencia, el conocimiento propio y las diferentes formas de relacionarse entre sí y con la naturaleza.

 

Asimismo, las dinámicas de resistencia se presentan en otros contextos, como movimientos obreros, movimientos de madres, colectivos de mujeres, movimientos campesinos, entre otros. Por ello, si se buscan alternativas de paz en cuanto a un sistema de construcción, han de incluir los movimientos emancipatorios para resistir la violencia, aunque también tienen que dar pasos hacia la construcción de nuevos horizontes mediante una resistencia constructiva.  

Alternativas de paz desde la hibridez local-emancipatoria-liberal

En estos posibles caminos, los movimientos emancipadores locales constituyen un punto de partida esencial para la construcción de alternativas de paz. En esta sección, se plantea que dicho proceso debe comenzar con un proceso que considere los movimientos emancipadores locales y se desarrolle a través de la resistencia y la negociación de poder, permitiendo una paz tanto territorial (Puerta Henao, 2023, pp. 195-196) como transversal. Esto implica que los actores principales son las personas o comunidades locales que luchan por la paz y resisten la opresión de actores tanto internos como externos. Dichas acciones comienzan con la resistencia cotidiana y, posteriormente, organizada; sin embargo, si no se aprovecha la oportunidad política ni se recibe el apoyo de actores externos, las acciones terminarán inequívocamente en represión. Además, si se asume que los actores y las dinámicas contra la paz están presentes en todo proceso, la única manera de ganar más poder es mediante la participación de otros actores, lo que allana el camino para una estructura híbrida y una paz transversal.

La paz transversal se refiere a una paz que considera las necesidades de las comunidades y los grupos locales en relación con una organización estatal más amplia, que permite considerar los valores y los derechos locales mediante el diálogo y el encuentro con un contexto nacional e internacional más amplio. Esta solo podrá lograrse mediante la interacción entre actores, experimentando y creando nuevas posibilidades. Por lo tanto, es importante revisar la teoría de la paz híbrida (Richmond, 2011; Mac Ginty, 2010) y considerar las interacciones entre los actores de los movimientos. Para ello, se retoman algunos elementos del modelo de transformación de conflictos de Lederach (1997), para argumentar que la interacción y la negociación permiten preservar y transformar las dinámicas violentas mediante un nuevo proceso híbrido.

Por consiguiente, “todo es resultado de la hibridez”[9] (Mac Ginty, 2010, p. 396). Esta cita implica que cualquier nueva comunidad o método surge de la interacción entre diferentes actores. En esta interacción entre comunidades y culturas, la negociación puede darse incluso ante desequilibrios de poder, lo que permite resistir el cambio de las estructuras y transformar dichas organizaciones. Sin embargo, ya sea que el proceso se dé entre grupos locales e indígenas, liberales e internacionales, otros estados, organizaciones transnacionales y otros grupos de interés, una lucha de poder puede llevar a unas partes a ejercer una mayor influencia sobre las demás. Esta influencia podría resultar en una hibridez negativa, como la imposición, o bien conducir a una hibridez positiva (Mac Ginty, 2010), en una paz territorial-transversal que considera el todo y la parte al mismo tiempo.

Por ejemplo, las comunidades indígenas exigen la paz, como se mencionó anteriormente, cuando se ataca la moral económica y ecológica (Varese, 1996). Tres valores centrales sustentan su resistencia: a) comunalidad y solidaridad, b) territorialidad (la importancia de la tierra, la historia y las tradiciones), y c) autonomía (autogobierno, organización local y diálogo). Estos valores se enfrentan a intereses nacionales y transnacionales, lo que permite el desarrollo de un proceso de negociación que produce una yuxtaposición entre las normas e intereses internacionales y las formas locales de agencia e identidad (Richmond, 2015, p. 50). Agentes locales y nacionales, así como otros actores externos, incluidas entidades internacionales, empresas transnacionales y otros Estados-nación, participan en este proceso de negociación. Entonces, el proceso híbrido podría generar una hibridez negativa, entendida como una imposición externa, o, bien, una hibridez positiva, entendida como una recuperación que elimina la violencia cultural y estructural.

El proceso de hibridación no es tan lineal como lo propone Mac Ginty (2010), quien plantea una geometría en la que los actores son agentes de paz liberales o locales; sino, como señala Mac Ginty (2025), tiene características que han de considerar la multiplicidad de actores y niveles de intervención (p. 2011). Esto se debe a la complejidad de los nuevos conflictos, atravesados por nuevos actores, lo que dificulta las dinámicas de violencia y disputa (Kaldor, 2013). Por ejemplo, en América Latina, existe una fuerte influencia de actores no estatales, como bandas criminales, de otros estados y de la agenda liberal internacional a través de las ONG. Esto hace que las condiciones híbridas deban incorporar elementos de los niveles internacional, nacional y local, con compromisos y garantías de seguridad para prevenir la recurrencia de la violencia. Sin embargo, los actores pueden subvertir, como en el caso de los saboteadores y de los bloqueos de la paz o, bien, impulsar agendas de paz.

Por lo tanto, el proceso hacia una hibridez positiva debe equilibrar la mediación del poder y la resistencia mediante métodos tradicionales, así como la emancipación frente a la violencia que sufren (Mac Ginty & Richmond, 2016, p. 233). Además, la interacción y el diálogo entre grupos locales y liberales siempre implican un desequilibrio de poder que plantea dilemas. De este modo, los intereses internacionales tienen el mayor poder e interactúan con las comunidades locales desde diferentes posiciones: dominación, imposición de un sistema y de un orden, o respeto a la autonomía.

Algunos académicos argumentan que no existen límites claros entre lo liberal y lo local, lo que vuelve el proceso inestable (Brown et al., 2010). Debido a la falta de un orden establecido para los límites de la interacción, pueden surgir dilemas (Richmond, 2015). Los dos dilemas centrales son conciliar la estructura nacional con la autonomía y la identidad local e incorporar normas comunitarias (reunión) en lugar de un orden individualista. En conclusión, una composición híbrida que conduzca a la paz, a partir de los movimientos emancipadores que exigen la eliminación de la violencia y de las estructuras que pueden contribuir a establecer una paz transversal y territorial.

Por otro lado, un elemento crucial a tener en cuenta es que existen más actores que los estatales y locales, aun con sus deficiencias. Por lo cual, el modelo de tres niveles para la resolución de conflictos de Lederach (1997) permite centrar la atención en los actores que se convierten en intermediarios, defensores e incluso, en ocasiones, en bloqueadores de una paz territorial-transversal. El punto de partida es que la construcción de la paz es fruto de la negociación entre distintos niveles de actores: actores de alto nivel, como líderes políticos y militares, son élites que toman decisiones de arriba a abajo y utilizan su poder para imponer su agenda. En el nivel intermedio, se considera a las ONG, así como a figuras influyentes y líderes en distintos ámbitos. El nivel de base está compuesto por personas involucradas en las comunidades locales. Lederach explica cómo la participación en los tres niveles es esencial para la resolución de conflictos. Si no hay voluntad política desde la cima, no hay posibilidad de paz; sin embargo, la dinámica suele ser una imposición desde la base. Esta tiende a ser el grupo que busca emanciparse de la violencia.

Aun así, su poder reside únicamente en su resistencia, como señala Scott (1985), debido al alto riesgo de que esta se manifieste en acciones o discursos cotidianos ocultos. No obstante, si reciben el apoyo de líderes intermedios, como líderes religiosos, humanitarios y académicos, pueden contribuir al éxito de las negociaciones de paz y crear precedentes que sostengan los procesos de paz. Sin embargo, estas posturas no están exentas de complejidad. En muchos casos, los actores involucrados no se encuentran claramente delimitados ni territorialmente ni institucionalmente, lo que dificulta la identificación de responsabilidades y objetivos comunes. Asimismo, existe un alto riesgo de que los actores intermedios —líderes comunitarios, representantes locales o instituciones mediadoras— impongan sus propias agendas o reproduzcan los intereses de las élites nacionales e internacionales, desviando los procesos de sus fines emancipatorios. A pesar de estos riesgos, es fundamental identificar y fortalecer a los actores capaces de articular los movimientos locales con iniciativas nacionales y regionales, fomentando una paz transversal y territorial. Este tipo de articulación, basada en la negociación, la confianza y la cooperación multiescalar, constituye un paso esencial hacia la consolidación de paces híbridas que integren las resistencias locales en un marco más amplio de justicia y sostenibilidad.

En la búsqueda de alianzas estratégicas, resulta fundamental promover el apoyo y la mediación de actores que actúen como intermediarios de paz, evitando, al mismo tiempo, las dinámicas que obstaculizan su consolidación, tales como la fragilidad institucional, la corrupción, la presencia de bandas criminales y la intervención de intereses externos, tanto regionales como internacionales. La formación de una paz híbrida requiere articular los valores y prácticas locales con los principios de cohesión nacional, un proceso que, en muchos contextos, puede llevar varias generaciones.

Los movimientos locales, sin embargo, han enfrentado históricamente la influencia de grupos que se benefician de perpetuar la violencia y la inestabilidad —como caciques locales y regionales, estructuras clientelares, organizaciones criminales y ciertos sectores políticos—. Estos actores han ejercido su poder mediante diversas formas de violencia: física, económica, cultural y simbólica. Frente a ello, las comunidades locales, a través de movimientos emancipadores, han desplegado estrategias de resistencia que utilizan su propio poder para contrarrestar dichas dinámicas. En los esfuerzos por construir la paz desde lo local, es indispensable que las resistencias puedan transitar de lo cotidiano a lo organizado, reconociendo que ambas dimensiones se retroalimentan en la búsqueda de la transformación social. En esta línea, Vinthagen y sus colaboradores (Baaz et al., 2023) proponen el marco del ABC de la resistencia, en el que la resistencia constructiva representa la posibilidad de construir procesos híbridos capaces de articular la paz territorial y transversal.

Conclusiones

Este artículo de revisión y reflexión tuvo como propósito abordar las dos grandes corrientes de construcción de paz en los siglos XX y XXI, tratando de entender los modos en que se ha intentado construir paz en el mundo y en América Latina. Primero, mostrando los obstáculos para la paz, las dinámicas de contrapaces y la necesidad de alternativas creativas desde la resistencia, una resistencia constructiva y procesos de hibridez. Estos procesos de hibridez requieren el apoyo y el sostén de actores intermedios que respalden y estimulen los esfuerzos comunitarios. Este esfuerzo es meramente teórico, recogiendo las teorías propuestas por varios de los principales exponentes de estudios críticos de paz, estudios de resistencia y los intentos de hibridez, para proponer una paz híbrida local-emancipatoria liberal.

En la primera sección se desarrollaron los fundamentos de la paz liberal, desde sus principios hasta su programa de paz, construido a partir de esfuerzos democratizadores e institucionales. Así como sus limitaciones y la invitación a recuperar los elementos más relevantes para una construcción de paz duradera, reconociendo sus fallos y la necesidad de cambios.

En la segunda sección se presentaron las bases para una paz local, explicando la necesidad de un tránsito y las implicaciones de un giro local centrado en seguir el proyecto externo, así como los esfuerzos de paz desde las resistencias cotidianas y desde procesos emancipatorios. Esta reflexión presentó las diversas etapas y la necesidad de promover el trabajo local, con énfasis en la eliminación de la violencia y en una paz positiva e inclusiva.

En la tercera parte se reflexionó sobre las diferentes contrapaces y grupos de saboteadores de la paz, presentando la explicación de por qué los conflictos se han perpetuado debido a problemas sistémicos. En esta sección se presentan las problemáticas sistémicas en América Latina, unidas a una institucionalidad frágil y corrupta, a la presencia de grupos criminales y al abuso de las élites locales.

Durante la cuarta parte se presentó una reflexión sobre los procesos de resistencia, comprendiendo los elementos que las componen, ya sean cotidianas u organizadas, así como la posibilidad política y las resistencias constructivas. El reconocimiento de resistencias forma parte importante del estudio de la evolución de los procesos comunitarios y de la transición de los procesos cotidianos a los organizados y viceversa, con el fin de una construcción efectiva de paz.

Por último, se presentó un esquema de construcción de paz híbrida que permita considerar los elementos emancipatorios, respaldados por diversos actores intermedios y orientados a configurar cambios a largo plazo. La construcción de dicho esquema es una tarea de la teoría, aunque debe centrarse en comprender la realidad en el territorio para identificar sistemas efectivos.

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[1] Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales y en Teología. Maestro en Estudios de Paz y Violencia. Candidato a un doctorado en política. Ha trabajado en proyectos sociales como el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en la RDC de 2014 a 2016 y el Centro de Investigación y Acción Social (CIAS por la Paz) de 2020 a 2022. Profesor asistente en la Universidad de Mánchester. Realiza una investigación sobre paces híbridas en México y Colombia. Correo electrónico: luis.vizcainoguevara@manchester.ac.uk. ORCID: 0009-0002-5901-352X

[2] El proceso económico neoliberal se compone por la privatización, reducción de subsidios y desregulación de mercados (Selby, 2013, p. 61).

[3] Estas instituciones políticas se basan en elecciones, derechos humanos, construcción del estado y fuerte sociedad civil (Selby, 2013, p. 61).

[4] Traducción del autor.

[5] Traducción del autor.

[6] Traducción del autor.

[7] ABC: Avoidance, Breaking and Constructive.

[8] Elaboración propia basada en el análisis de las dinámicas de poder y negociación en contextos locales de paz.

[9] Traducción del autor.

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