El genocidio en la Franja de Gaza y la crisis del orden internacional: una visión desde el Sur Global frente a la violencia de Estado

The Genocide in the Gaza Strip and the International Order Crisis: A Vision from the Global South Facing State Violence

 

Víctor Manuel Elías Miranda[1]

Resumen: Este artículo analiza el genocidio en la Franja de Gaza como síntoma del colapso del orden internacional contemporáneo. Desde una perspectiva del Sur Global y utilizando categorías como la necropolítica de Mbembe y el orientalismo de Said, el autor examina cómo la jerarquización de la vida humana y la impunidad de la violencia de Estado han erosionado la legitimidad de los organismos internacionales. El texto concluye que la crisis en Gaza no es un hecho aislado, sino una manifestación de la obsolescencia de un sistema jurídico incapaz de proteger la vida frente a las estructuras de poder colonial.

Palabras clave: impunidad, colonialismo, derechos humanos, necropolítica, soberanía.

 

Abstract: This article analyzes the genocide in the Gaza Strip as a symptom of the collapse of the contemporary international order. From a Global South perspective and utilizing categories such as Mbembe’s necropolitics and Said’s orientalism, the author examines how the hierarchization of human life and the impunity of state violence have eroded the legitimacy of international organizations. The text concludes that the crisis in Gaza is not an isolated event, but a manifestation of the obsolescence of a legal system incapable of protecting life against colonial power structures.

Keywords: impunity, colonialism, human rights, necropolitics, sovereignty.

Introducción

El genocidio palestino que ocurre en la Franja de Gaza a partir de los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023, además de ser una de las más grandes tragedias humanitarias en lo que va del siglo XXI, es un reflejo del colapso moral del sistema internacional. La matanza indiscriminada de miles de civiles, mujeres, niños y niñas en un territorio por años sitiado, exhiben la obsolescencia de un orden jurídico que supuestamente protege la vida, pero que hoy la jerarquiza. En el Sur Global, el genocidio es percibido no como un hecho aislado, sino como un síntoma del fracaso estructural de un orden mundial pacífico y la normalización de la impunidad en la política internacional.

En la narrativa dominante sobre estos hechos, los bombardeos se justifican como actos de legítima defensa, los asesinatos son “daños colaterales” y el estado de sitio una necesidad de seguridad. Esta degeneración del sentido ético en el derecho internacional revela lo que Achille Mbembe denominó necropolítica, definida como la capacidad del poder para decidir quién puede vivir y quién debe morir (Mbembe, 2006). En la Franja de Gaza, esa soberanía se ejerce sobre una población considerada prescindible, que está confinada en un rincón de Eurasia reducido a un laboratorio de exterminio contemporáneo.

Pero lejos de ser una anomalía del sistema, la Franja de Gaza refleja lo que es un mundo poscolonial todavía regido por la lógica de la ocupación y la dominación. Edward Said lo afirmaba al decir que la cuestión palestina era, principalmente, una lucha por la representación y por el derecho a narrar la existencia propia frente al aparato global que normaliza la violencia de los colonizadores (Said, 2013). La violencia no solo causa devastación humana y material, sino que también desmantela las categorías mismas de justicia y humanidad.

Desde el Sur Global, donde una historia de dictaduras, genocidios, violencia y desapariciones resuenan con las imágenes de la Franja de Gaza, este evento se comprende de una forma diferente y se ve no únicamente como un conflicto militar, sino como la expresión contemporánea de lo que Patrick Wolfe denominó colonialismo de asentamiento (Wolfe, 2006). Debido a la impunidad que se vive en el enclave, existe una importante resonancia en aquellas sociedades que han sobrevivido o que siguen sufriendo la violencia de Estado y que, por lo mismo, buscan crear una nueva ética de la paz.

El colonialismo de asentamiento y el derecho al castigo en la Franja de Gaza

La violencia en la Franja de Gaza no se entiende únicamente como el resultado de un enfrentamiento entre actores armados, ya que tiene esta lógica colonial de muy larga duración que se basa en la idea de que un pueblo puede ser despojado, confinado y sometido en nombre de la civilización o la seguridad. Es así que la ocupación de Palestina, a partir de 1948, es el inicio de una política que convirtió a este territorio en un espacio permanente de excepción.

La Franja de Gaza, que se encuentra completamente bloqueada por tierra, mar y aire desde 2007, se puede ver como la expresión más extrema de este modelo. Allí se lleva a cabo el colonialismo de asentamiento, una estructura que busca no solo explotar a la población nativa, sino erradicarla para ser sustituida (Wolfe, 2006). El régimen israelí de ocupación, la expansión de los asentamientos y el escenario de Apartheid no son episodios aislados, sino mecanismos sistemáticos de desposesión territorial. El proyecto sionista moderno combinó nacionalismo con limpieza étnica, convirtiendo la negación del otro en fundamento de sus políticas (Pappé, 2017).

A diferencia del colonialismo tradicional, el de asentamiento produce una forma de violencia que institucionaliza la guerra como condición para la paz. En la Franja de Gaza, los ataques permanentes y periódicos sirven para reafirmar la soberanía y la aniquilación del enemigo sirve como refuerzo de la unidad de los colonizadores. Tal como establece Mahmood Mamdani, el colonialismo de asentamiento opera no solo en el espacio, sino en el tiempo, ya que perpetúa una narrativa en la que la violencia nunca cesa y las víctimas viven bajo una condición de sospecha permanente (Mamdani, 2020).

Desde esta perspectiva, la Franja de Gaza se convierte en una “zona de castigo” donde la población civil es objeto de una penalización colectiva, ya que el discurso oficial sobre el terrorismo sirve para normalizar la idea de que la vida de los palestinos carece de valor político y prevalece el “derecho al castigo”. Lo que Mbembe describió como necropolítica se manifiesta en este territorio, pues el poder soberano ejerce su capacidad para asesinar, ya no solo como un acto militar, sino como política de gestión del territorio. Los cortes de agua, electricidad y alimentos no son daños colaterales, sino medidas de control que convierten la supervivencia en un privilegio del Estado.

El sistema internacional, por su parte, ha respondido a esta violencia con una tolerancia estructural, debido a la selectividad en el derecho. Las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), exigiendo el cese de hostilidades o la rendición de cuentas, son bloqueadas sistemáticamente y no producen ningún efecto; lo cual no es casual, ya que, como establece Judith Butler, el derecho internacional no es neutral, sino un lenguaje que reproduce la jerarquía entre vidas dignas de duelo y vidas desechables (Butler, 2020). En la Franja de Gaza el duelo mismo ha sido politizado: los muertos palestinos, mujeres y hombres, niñas y niños, son simples cifras estadísticas, no tragedias morales.

La ocupación, entonces, no solo acaba con la vida de las personas, sino que también las imposibilita de narrar su propia historia. Como Edward Said advirtió en su famosa obra Orientalism, el colonialismo no se limitó al control del territorio, sino a la colonización de la representación: el poder definir quién habla, quién es escuchado y a quién se le puede creer (Said, 1979). La Franja de Gaza, sometida, además, al lente escrutador del monopolio mediático global, se enfrenta a una doble violencia: la física y la semiótica. Por lo cual debe ser prioritario que se recupere la voz de los palestinos como un acto de resistencia epistemológica, un acto que cuestionaría la legitimidad misma del relato hegemónico sobre la paz y la seguridad.

En términos históricos, el proyecto de dominación sobre la Franja de Gaza también es un reflejo de muchas prácticas llevadas a cabo en el Sur Global. América Latina, por ejemplo, vivió sus propias versiones de “zonas de excepción” —las dictaduras de América del Sur, la “Guerra Sucia” en México, las matanzas en Centroamérica— y, en todos estos casos, el Estado ejerció el derecho de matar en nombre del orden y silenciaba a las víctimas con el discurso legitimador de la seguridad nacional. Lo que hoy ocurre en la Franja de Gaza resuena en todos estos lugares donde se ejerció el terror como política estatal.

Es por esta razón que comprender la situación en Gaza desde el Sur no debe ser una muestra de solidaridad geográfica, sino la continuidad de las violencias coloniales y autoritarias que se han ejercido desde hace siglos. El genocidio en la Franja de Gaza no es una excepción contemporánea, sino el más reciente de una cadena de sucesos que une las guerras coloniales europeas del siglo XIX, las dictaduras del siglo XX y las intervenciones militares del siglo XXI. En esta concatenación de hechos, la paz no se entiende tan solo como el cese de las hostilidades —tal como se pretende con el plan de veinte puntos presentado por Donald Trump el 29 de septiembre de 2025—, sino como la transformación de las relaciones con el poder. La población de Gaza, en su resistencia de décadas, cuestiona un orden mundial que no reconoce que la justicia no puede darse cuando persisten tan profundas desigualdades.

La necropolítica del orden internacional: el valor desigual de la vida y la selectividad del derecho

El genocidio en la Franja de Gaza no puede entenderse fuera del régimen internacional de poder. Lo que acontece en este pequeño territorio bajo un fuerte bloqueo es la expresión de un sistema internacional que ha convertido al derecho, al humanitarismo y a la seguridad en instrumentos de legitimación de la violencia, y no de su contención.

Cuando Mbembe (2006) habló de la necropolítica, se refería a una forma de gobierno que busca organizar al mundo mediante la capacidad de decidir quién tiene derecho a vivir y quién debe ser eliminado en nombre de la civilización. La Franja de Gaza puede verse como un laboratorio de exterminio de la actualidad porque materializa esta lógica.

El concepto de “guerra justa”, que alguna vez sirvió para limitar la barbarie, ahora sirve como herramienta discursiva para establecer zonas de no-humanidad. Con el pretexto de la defensa propia, el Estado de Israel ha despojado de toda protección jurídica a la población palestina. El derecho internacional humanitario tiene ahora un lenguaje selectivo que le otorga legitimidad a la violencia cuando quien la ejerce es un aliado del orden liberal occidental (Butler, 2020).

Esta legitimación no solo decide quién puede ser salvado, sino también quiénes pueden ser llorados. En la Franja de Gaza, los cuerpos de los palestinos no generan duelo, porque las imágenes de destrucción masiva, que deberían suscitar indignación mundial, se consumen con la misma indiferencia que los desastres naturales.

El Informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, e Israel, del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, confirma la existencia de esta desigualdad al dar a conocer más de 30.000 civiles palestinos muertos, hospitales y escuelas destruidas, y el uso sistemático del hambre como arma de guerra (CDH, 2025). No obstante, el Consejo de Seguridad no ha podido actuar por el veto que ejercen las potencias occidentales. Esta impunidad institucionaliza una jerarquía global donde los países del Norte Global pueden ejercer violencia ilimitada, mientras que el Sur Global es llamado a justificar su existencia política con frecuencia.

El genocidio en Gaza cuestiona, por lo tanto, el paradigma liberal de la paz, que fue fundado en la posguerra y que se basa en el mito de la universalidad de los derechos humanos. La arquitectura jurídica —construida por y para los vencedores— ha demostrado su incapacidad para actuar cuando los miembros del bloque hegemónico son los perpetradores de esta violencia.

Mamdani comenta que la modernidad occidental nunca terminó la distinción entre colonizador y nativo, solo la reconfiguró en la forma de “civilizados” y “peligrosos” (Mamdani, 2020). Evidentemente, los palestinos pertenecen a este último grupo y, por lo tanto, lo que suceda allí no cuenta con el velo de la moral.

El discurso occidental de paz tiene una contradicción estructural: predica la paz, pero legitima la dominación. La “paz liberal” se entiende como la pacificación de los subalternos, quienes sufren una violencia colonial desde los mecanismos del derecho internacional y la ayuda humanitaria. Como establecen Eve Tuck y Wayne Yang, la descolonización no se puede reducir a metáfora, porque la estructura del colonialismo se reproduce en los discursos que proclaman reconciliación sin restitución (Tuck & Yang, 2012). En la Franja de Gaza se muestran los límites de esa metáfora, ya que no hay esperanza para la reconciliación sin que exista el reconocimiento del crimen de despojo originario.

Frente a esta situación, la reacción del Sur Global adquiere un significado político inédito. Países como Sudáfrica, Brasil, México, Argelia, Indonesia y China han denunciado la hipocresía de Occidente en diversos foros internacionales, en una postura que recuerda al Movimiento de Países No Alineados, quienes representaban una voz ética en la comunidad internacional frente al colonialismo.

El caso emblemático es la demanda presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia, acusando a Israel de genocidio. Esta acción, que busca resignificar el lenguaje del derecho, representa una ruptura simbólica con el monopolio euroatlántico sobre la definición de crimen y de justicia. Sudáfrica demanda sobre la experiencia histórica del Apartheid —de lo que también se acusa desde hace varios años a Israel—, recordando que el racismo estructural no es posible erradicarlo mediante discursos, sino con un firme cuestionamiento de la moral imperante.

El Sur Global, por lo tanto, no solo expresa solidaridad con Gaza y Palestina, sino que reconoce en ellas su propia experiencia histórica. La situación en la Franja de Gaza encarna la persistencia de un orden mundial en el cual la desigualdad no es un fallo del sistema, ni es una casualidad, sino el principio mismo constitutivo de la gobernanza global.

El lenguaje humanitario utilizado en la actualidad —ayuda, corredor, alivio del sufrimiento— tiene la intención de dar legitimidad moral al sistema internacional, pero el genocidio en la Franja de Gaza revela su cinismo estructural. Los mismos actores que vetan los ceses del fuego promueven conferencias de reconstrucción, convirtiendo la destrucción en un mercado de asistencia.

De acuerdo con Mbembe, esta es la fase avanzada de la necropolítica, puesto que el poder que asesina, también capitaliza la muerte, administrando el sufrimiento como oportunidad de legitimación (Mbembe, 2006). Los misiles que destruyen Gaza y los organismos que gestionan su reconstrucción son parte del mismo círculo moral formado bajo el amparo de la economía global.

La “ética de la no violencia”, de Judith Butler, se propone como un principio político que no niega el conflicto, pero sí exige que se renuncie a que se jerarquice el sufrimiento (Butler, 2020). Siguiendo el concepto de esta autora, la vida de los palestinos debería pensarse no solo como víctima, sino como afirmación de humanidad frente a un mundo que la niega.

La necropolítica del orden internacional ha terminado también con el mito de la universalidad occidental. Las instituciones del mundo de la “posguerra” están reproduciendo las mismas asimetrías que supuestamente combaten. En la práctica, la universalidad es selectiva, pues la protección de los derechos depende de la ubicación geopolítica y del color de piel. Como estableció Edward Said, la creación del “otro oriental” como amenaza, le ha permitido a Occidente definirse como sujeto racional y moral (Said, 1979). Gaza hoy es ese enemigo que se necesita para reafirmar la inocencia del poder.

Es así que hablar de justicia global implica romper con la ficción de la neutralidad y asumir una mirada situada y consciente de que el derecho no está por encima de las relaciones de poder, sino que es parte de ellas. El genocidio en Gaza muestra que la violencia actual no es un accidente, sino la forma natural del orden global.

La necropolítica que vive el sistema internacional se muestra en la indiferencia frente al genocidio palestino. El Sur Global, en ese escenario, se constituye como la única fuente de renovación moral, no porque posea superioridad ética, sino porque ha vivido en carne propia la violencia y la impunidad, y reconoce que ninguna paz es posible ni legítima si no se reconoce el rostro de los muertos y muertas.

El Sur Global frente al silencio: resistencias y solidaridades

El genocidio en la Franja de Gaza ha sido acompañado por un fenómeno paradójico: la hipervisibilidad del sufrimiento, pero, al mismo tiempo, la indiferencia estructural del poder global. Millones de personas observan en tiempo real la destrucción y la matanza, pero los mecanismos institucionales se mantienen inmóviles. Esta descoordinación entre el ver y el actuar demuestra que la necropolítica internacional depende en buena medida del silencio y de la costumbre ante las catástrofes. Sin embargo, frente a esta parálisis se ha desplegado un conjunto de resistencias que proviene principalmente del Sur Global.

Los testimonios palestinos —en la forma de relatos de los sobrevivientes, médicos, periodistas o madres que pierden a sus hijos— constituyen una forma de resistencia radical. Como bien señaló Said, narrar desde Palestina supone reclamar el derecho a existir frente a la negación institucional del ser (Said, 2013). Cada video transmitido desde la destrucción, o cada carta enviada desde los hospitales bombardeados, rompe con el monopolio discursivo de la guerra.

En América Latina, esta política de testimonio ha tomado la forma de Comisiones de la Verdad, que han demostrado que contar la violencia no solamente es registrar el pasado, sino restituir el valor político de la palabra (Bevernage, 2016). En la Franja de Gaza, el acto de hablar adquiere el sentido de reafirmar la humanidad frente a la maquinaria que promueve el olvido.

Es por esto que Butler (2020) propone la ética relacional del duelo, que rechaza la jerarquía de las vidas y comprende que la pérdida de una persona en Gaza es igual de importante que la de una en Tel Aviv o Kiev. De esta forma, escuchar a las víctimas palestinas, más que un gesto de compasión, es un deber ético y un acto de reparación fuertemente simbólica frente a la desigualdad global del sufrimiento.

Mientras que los gobiernos occidentales justifican la ofensiva o guardan silencio, diversas voces del Sur Global buscan desafiar la narrativa dominante. La demanda de Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justica reactivó la memoria del Apartheid; Brasil, México, Bolivia, Indonesia y Namibia denunciaron la impunidad ante la ONU, como una muestra de que estos países del Sur saben lo que es sufrir la ocupación y la violencia del Estado.

Estas denuncias tienen un valor diplomático, pero también de reivindicación histórica. Como se mencionó, esto es acorde con el espíritu de la Conferencia de Bandung (1955) y el Movimiento de Países No Alineados; pues las sociedades poscoloniales han aprendido que la paz y la libertad no se alcanzan en consonancia con el orden global dominante, sino cuestionando sus fundamentos. En la Franja de Gaza, el Sur Global puede repensarse a sí mismo como agente de un nuevo orden internacional.

Pero no son solo los gobiernos. Desde las universidades, sindicatos, comunidades religiosas, entre otras organizaciones, se promueve el boicot, desinversión y sanciones (BDS), y se organizan manifestaciones multitudinarias exigiendo un cese del fuego. Estas acciones son importantes, en tanto que buscan restituir la independencia de las vidas frente al proyecto necropolítico. Al resistir en este contexto, se afirma que todas las vidas son parte de la comunidad humana, más allá de fronteras, religiones, etnias o hegemonías.

La memoria es otro ámbito donde el Sur Global despliega estrategias de resistencia. En la Franja de Gaza, de entre los escombros surgen murales, fotografías y canciones que convierten la pérdida en afirmación de dignidad. Tal como expresó Ilan Pappé, la lucha palestina es también una batalla por la memoria, porque cada casa destruida busca borrar la continuidad histórica de este pueblo (Pappé, 2017).

Lo anterior se puede ver en la experiencia de América Latina a través de los pañuelos blancos de las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina, o los murales que recuerdan la tragedia de Ayotzinapa, en México. En estos casos, la memoria se convierte en la única forma de justicia cuando el Estado niega sus crímenes. De esta manera, Gaza y América Latina buscan convertir la memoria en acción política, el duelo en resistencia y la denuncia en esperanza.

El Sur Global plantea una concepción distinta de paz, no la que impone el vencedor y que se basa en el silencio, sino la que se fundamenta en la empatía. En su estudio sobre la colonización, Eve Tuck y Wayne Yang afirman que la descolonización requiere reconocer el dolor del otro como parte constitutiva de la humanidad propia (Tuck & Yang, 2012). La empatía no es, entonces, un sentimiento abstracto, sino un acto de resistencia frente al privilegio. En el caso del genocidio en la Franja de Gaza, esto supondría abandonar la comodidad de la neutralidad y reconocer que la violencia es, por lo general, asimétrica: unos poseen el derecho a exterminar y los otros luchan por su supervivencia.

Por último, se debe considerar también el lenguaje, pues es un elemento muy importante para la resistencia. El colonialismo se sostiene, en parte, por la imposición de un vocabulario que justifica la violencia —daños colaterales, conflicto asimétrico, defensa legítima—. Cambiar los términos es el primer paso para resistir. En este sentido, los intelectuales, los poetas, los artistas y comunicadores del Sur Global, deben asumir la tarea de reconfigurar el lenguaje de la paz y de los derechos humanos desde su propia experiencia histórica. El caso de Gaza exige resignificar el discurso y que el asesinato de civiles no sea un “daño colateral” ni una estadística, sino una afrenta para toda la humanidad.

El silencio que guarda el poder global contrasta con el activismo de estas resistencias que se ven en el Sur Global. Desde los campamentos de refugiados hasta las plazas públicas en América Latina, se construye un tejido de voces que recuerda que la paz no puede sustentarse en el olvido. La política de la empatía y la memoria, impulsada por los pueblos del Sur, se convierte en el único antídoto de la necropolítica actual. Se debe reconocer que la tragedia en la Franja de Gaza no es ajena, sino que es una herida compartida que redefine los límites de la humanidad.

Conclusión

Según se analizó en el presente texto, el genocidio en Gaza no es solo una tragedia local ni un conflicto religioso, sino el reflejo del fracaso del orden internacional y la persistencia de una civilización que se funda en la desigualdad. Tres tesis sostienen este estudio.

La primera es que el genocidio en la Franja de Gaza revela la continuidad del colonialismo bajo la forma del Estado moderno. Lo que antes se llamaba el “derecho a conquistar”, hoy se llama “derecho a la defensa”, pero la lógica es la misma: desplazar, someter, aniquilar. El colonialismo no es cosa del pasado, sino que sigue presente, y quienes deberían proteger la vida son quienes ahora administran la muerte, la necropolítica en su versión más sofisticada, como planteó Achille Mbembe (2006).

La segunda tesis sostiene que el sistema internacional ha perdido su capacidad moral para juzgar la violencia. El silencio cómplice de las potencias y la parálisis de los organismos internacionales frente al genocidio confirman la crisis del orden liberal. La supuesta universalidad de los derechos humanos hoy es un lenguaje vacío, ya que no existe justicia en un orden que decide quién es humano y quién no. Como advirtió Judith Butler, el valor de la vida se ha convertido en una cuestión política, no ética (Butler, 2020). El genocidio en la Franja de Gaza es una muestra de que el humanismo global está perpetuando la desigualdad, en lugar de combatirla.

La última tesis afirma que el Sur Global emerge como la conciencia crítica del mundo actual. Gracias a su historia de colonización, dictaduras y resistencias, los países del Sur han aprendido que la paz no se decreta, sino que se logra después de un largo proceso de construcción de recuperación de la memoria y la dignidad. Frente a la pasividad e indiferencia del Norte industrializado, el Sur recupera el principio ético de la empatía como forma de justicia. Como establece Mamdani, esta postura no busca venganza, sino reconocimiento de que toda sociedad tiene derecho a narrar su propio sufrimiento y a ser escuchada (Mamdani, 2020).

El genocidio en la Franja de Gaza, por lo tanto, no solo demuestra el fracaso del orden liberal en el presente, sino que anticipa un riesgo para el futuro: si el mundo es capaz de aceptar un exterminio transmitido en directo, entonces la frontera de lo humano se ha desplazado peligrosamente. La indiferencia frente al genocidio anuncia que existirán nuevas zonas de exterminio, nuevas poblaciones convertidas en desecho político. Es así que Gaza, más que una causa, es una advertencia: el momento en que la humanidad se pone a prueba y donde el lenguaje dominante de los derechos pierde todo su sentido.

Desde el Sur Global, pensar en los palestinos implica asumir responsabilidades históricas: no permitir que la memoria se convierta en costumbre. Recordar, escribir y denunciar son acciones de resistencia frente a la indiferencia mundial. Como enseñan los casos latinoamericanos, la verdad debe conquistarse y esa conquista comienza al reconocer que ninguna paz es posible si no se funda en la igualdad del dolor y la justicia para vivos(as) y muertos(as).

Referencias

Bevernage, Berber. (2016). Un pasado desde el presente. La historia y la política del tiempo en la justicia transicional. Revista Colombiana de Educación, 71, 25-51.

Butler, Judith. (2020). The Force of Nonviolence. An Ethico-political Bind. Verso. Recuperado de https://iberian-connections.yale.edu/wp-content/uploads/2020/09/The-Force-of-Nonviolence-An-Ethico-Political-Bind-by-Judith-Butler.pdf

Consejo de Derechos Humanos. (2025). Informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, e Israel. Recuperado de https://docs.un.org/es/A/HRC/59/26

Mamdani, Mahmood. (2020). Neither Settler Nor Native: The Making and Unmaking of Permanent Minorities. Cambridge, Inglaterra: The Belknap Press of Harvard University Press.

Mbembe, Achille. (2006). Necropolítica. En Raisons politiques (pp. 17–77). Melusina. Recuperado de https://redintegra.org/wp-content/uploads/2019/04/achille-mbembe-necropolitica.pdf

Pappé, Ilan. (2017). Ten Myths About Israel. Londres, Inglaterra. Verso. Recuperado de https://www.are.na/block/24470396

Said, Edward. W. (1979). Orientalism. New York, USA: Vintage Books.

Said, Edward. W. (2013). La cuestión palestina. Madrid, España: Debate.

Tuck, Eve & Yang, K. Wayne. (2012). Decolonization is not a metaphor. Decolonization: Indigeneity, Education & Society, 1(1), 1-40.

Wolfe, Patrick. (2006). Settler colonialism and the elimination of the native. Journal of Genocide Research, 8(4), 387-409.

[1] Internacionalista por la Universidad de las Américas, Puebla. Maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en China por El Colegio de México. Actualmente estudia el Doctorado en Relaciones Transpacíficas en la Universidad de Colima. Su investigación se centra en la política exterior de la República Popular China, la geopolítica y los conflictos regionales en Asia-Pacífico y la relación China-Estados Unidos. Es docente en la Universidad Iberoamericana Puebla, donde imparte cursos sobre Asia y China contemporáneas. Correo electrónico: victormanuel.elias@iberopuebla.mx

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