CIAS por la Paz: diez años tejiendo paz con las juventudes
CIAS for Peace: Ten years sowing peace among youth
Oscar Daniel Torres Rosales[1]
Resumen: El artículo presenta una sistematización de una década de trabajo del Centro de Investigación y Acción Social por la Paz (CIAS por la Paz, A.C.), una iniciativa de la Compañía de Jesús en México orientada a la reconstrucción del tejido social, la seguridad ciudadana y la justicia restaurativa dentro del horizonte ético y político del Buen Convivir. El texto integra la experiencia territorial, los aprendizajes institucionales y la consolidación de un modelo que articula metodologías de acompañamiento comunitario con procesos de incidencia pública. Así mismo, se destacan las contribuciones de las juventudes como parte activa de la construcción de paz y como generación que ha impulsado la continuidad del modelo de Reconstrucción del Tejido Social en distintos territorios. La Tríada para la Paz —reconstrucción del tejido social, seguridad ciudadana y justicia restaurativa— se propone como una herramienta metodológica y política orientada a fortalecer la convivencia, la confianza y el cuidado en contextos marcados por la desigualdad y la violencia.
Palabras clave: Buen Convivir, reconstrucción del tejido social, justicia restaurativa, seguridad ciudadana, juventudes.
Abstract: This article presents a systematization of ten years of work by the Center for Research and Social Action for Peace (CIAS por la Paz, A.C.), an initiative of the Society of Jesus in Mexico focused on social fabric reconstruction, citizen security, and restorative justice within the ethical and political framework of Buen Convivir. The text integrates territorial experience, institutional learning, and the consolidation of a model that links community based accompaniment methodologies with public advocacy processes. It highlights the contributions of young people as active participants in peacebuilding and as a generation that has sustained the continuity of the Social Fabric Reconstruction model across different territories. The Triad for Peace —social fabric reconstruction, citizen security, and restorative justice— is presented as a methodological and political tool aimed at strengthening conditions of coexistence, trust, and care in contexts marked by inequality and violence.
Keywords: Buen Convivir, social fabric reconstruction, restorative justice, citizen security, youth.
Introducción
El presente texto forma parte de un proceso de sistematización de las actividades del Centro de Investigación y Acción Social por la Paz (CIAS por la Paz, A.C.) en México, una obra social de la Compañía de Jesús constituida en 2016, orientada a la investigación aplicada, el acompañamiento comunitario y la incidencia pública frente a las violencias que afectan a comunidades y juventudes. Se trata de una reflexión sobre los aprendizajes, transformaciones y prácticas que han dado forma a su modelo de intervención.
A lo largo de una década (2016-2026), el CIAS ha transitado de la investigación social a la acción territorial, de los diagnósticos comunitarios a los programas de reconstrucción del tejido social, y de estos a la conformación de un modelo integral que articula el fortalecimiento del tejido social y propuestas de construcción colectiva de seguridad, con base en la justicia restaurativa.
Esta sistematización se inscribe en el marco del dossier Horizontes de Paz. Perspectivas críticas para la justicia socioambiental, una iniciativa editorial que busca visibilizar experiencias, marcos conceptuales y prácticas situadas de construcción de paz en contextos de violencia, desigualdad y exclusión en México y América Latina. En este sentido, el artículo ofrece una reflexión situada sobre los aprendizajes de una década de trabajo territorial en donde la paz es una experiencia compartida.
El texto propone comprender, desde las perspectivas del trabajo que se ha realizado en el CIAS, la construcción de paz como una práctica ética y política que une lo personal, lo comunitario y lo institucional. El recorrido de esta organización —que abarca el surgimiento del CIAS como centro de investigación-acción, la consolidación de un modelo metodológico propio, su implementación en distintos territorios y la integración progresiva de la Triada para la Paz— busca aportar al diálogo entre saberes académicos y comunitarios que permitan la construcción del Buen Convivir y la paz en México.
El origen de una misión: responder al clamor de la violencia
La misión de lo que hoy es el Centro de Investigación y Acción Social por la Paz (CIAS por la Paz, A.C.) nació en un tiempo caracterizado por profundas rupturas y transformaciones en nuestro país. Entre 2010 y 2015, México vivió un incremento sostenido de la violencia, la desigualdad y la desconfianza en las instituciones. Las heridas visibles —la inseguridad, el crimen organizado, el miedo cotidiano— eran, y aún lo son, la superficie de un problema más hondo: la fragmentación del tejido social, consecuencia de “una silenciosa ruptura de los lazos de integración y de comunicación social” (Mendoza & González, 2016, p. 5).
En el país se fue produciendo un progresivo distanciamiento entre las personas, lo que debilitó la confianza mutua, los lazos de pertenencia y la capacidad colectiva de establecer acuerdos que permitieran a las comunidades cuidar de sí mismas. Esta fragmentación no surgió de un día para otro, sino que fue el resultado de procesos más amplios, como la mercantilización de la vida, la pérdida del sentido del trabajo como bien común y el desplazamiento del valor de la comunidad por el de la competencia (Mendoza & González, 2016).
Frente a esa realidad, la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús inició un discernimiento institucional sobre cómo responder a la situación descrita. En 2012, se conformó la Comisión por la Paz, integrada por jesuitas y colaboradores de diversas obras, con el objetivo de comprender la creciente violencia y fragmentación social del país.
Siguiendo el espíritu ignaciano, característico de las obras jesuitas, la pregunta que guio este diagnóstico fue: ¿cómo acompañar a las comunidades golpeadas por la violencia? Desde el inicio, la participación de juventudes formadas en diferentes espacios —pero sobre todo dentro de obras jesuitas— resultó relevante, porque aportaron una mirada situada, cercana al territorio y comprometida con la transformación social. Voluntarios provenientes de universidades, parroquias y redes de pastoral juvenil participaron en los primeros Conversatorios Ignacianos que tuvieron lugar en el Centro Miguel Agustín Pro-Juárez (Centro ProDH). Estos conversatorios fueron espacios colectivos de escucha, análisis y discernimiento, intencionados para que las personas compartieran experiencias en las que dialogaban sobre sus dolores y miedos, pero también sobre sus prácticas de resistencia, organización y esperanzas presentes en sus comunidades.
Junto a estas juventudes, se fue construyendo un modo de acompañar que marcaría la identidad de la organización en proceso de constitución. Este modo de acompañar se caracterizó por la presencia cercana en los territorios, la escucha activa, la reflexión colectiva y la articulación entre un análisis crítico de la realidad y la acción comunitaria, lo que permitió identificar no solo síntomas de la violencia, sino también gestos cotidianos de resistencia y solidaridad que mantenían viva la esperanza.
Con base en esa primera etapa de escucha y presencia territorial, la Comisión por la Paz emprendió, en 2015, una investigación nacional coordinada por Jorge Atilano González Candia y Gabriel Mendoza Zárate, jesuitas e investigadores vinculados al proceso, con el objetivo de entender las causas relacionales, culturales y estructurales de la violencia en los distintos contextos del país.
El estudio abarcó catorce diagnósticos territoriales en contextos urbanos, rurales, campesinos e indígenas, con un enfoque interdisciplinario orientado a analizar la realidad social del país. Los resultados se publicaron en el libro La reconstrucción del tejido social: una apuesta por la paz (Mendoza & González, 2016). En esta obra se sistematizaron los principales hallazgos del proceso de diagnóstico, concluyendo que la violencia no puede comprenderse solo como un fenómeno delictivo, sino como la expresión de una crisis relacional.
Sumado a lo anterior, en esta primera publicación se conceptualizó el tejido social como la red de “vínculos sociales e institucionales que favorecen la cohesión y la reproducción de la vida social”, y la paz se comprendió como “fruto del buen convivir en justicia, seguridad y cuidado con los demás y con la naturaleza” (Mendoza & González, 2016, p. 25). A partir de este hallazgo, la reconstrucción del tejido social se emprendió como una tarea colectiva, orientada a fortalecer las relaciones, capacidades comunitarias y formas de organización social desde los territorios, articulando conocimiento académico y experiencia vivida.
Así nació el Programa de Reconstrucción del Tejido Social (PRTS), como respuesta práctica al diagnóstico del país y como un espacio para seguir aprendiendo con las comunidades. Las juventudes formadas en las obras de la Compañía de Jesús —voluntariado, profesionistas de diversas disciplinas y agentes pastorales— se convirtieron en algunos de los primeros implementadores e implementadoras de los PRTS en territorios seleccionados. Su participación en los diagnósticos y conversatorios aportó una perspectiva fresca y una manera nueva de estar: cercana, compasiva y comprometida.
La encarnación del modelo y la Pedagogía del Buen Convivir
En La reconstrucción del tejido social: una apuesta por la paz, el diagnóstico sobre las causas estructurales y culturales de la violencia en México permitió identificar una necesidad profunda: acompañar a las comunidades desde sus propias realidades. Para lo cual, la comprensión de la violencia no bastaba; era necesario habitar y trabajar en los lugares heridos, convivir con sus habitantes y descubrir, desde la experiencia compartida, cómo se reconstruye el tejido social.
Con esta intuición, la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús decidió apoyar la institucionalización del CIAS por la Paz, A. C.: “La intención del CIAS por la Paz es recuperar la tradición del apostolado social en la Compañía, de acompañar la acción social con la investigación y la reflexión” (Mendoza Zárate, 2021, p. 136). Así, la reconstrucción del tejido social no podía quedarse en una propuesta ni podía impulsarse desde la distancia, sino que debía encarnarse en una acción social territorial. El PRTS se concibió como la traducción práctica del discernimiento iniciado por la Comisión por la Paz y el diagnóstico realizado en el año 2015.
Entre 2016 y 2019, el programa se implementó en diez localidades de México, seleccionadas por su diversidad cultural y sus distintos tipos de conflictividad: Cherán, Tancítaro y Tangancícuaro (Michoacán); Chilón-Citalá (Chiapas); Huatusco (Veracruz); Parras (Coahuila); Chalco (Estado de México), y Celaya y Guanajuato (Guanajuato). En cada lugar se conformó un equipo de trabajo que adaptó la metodología al contexto local, respetando los procesos comunitarios y fortaleciendo las iniciativas ya existentes.
El objetivo era generar experiencias concretas y aprendizajes colectivos junto con actores sociales de distintas dimensiones comunitarias, como escuelas, familias, vecinos, ayuntamientos e iglesias. Cada territorio se convirtió en un espacio en el que se exploraban nuevas formas de relación, de autoridad y de comunidad. Como describen González y Torres (2019), “[…] los equipos no llegaron a enseñar, sino a aprender con las comunidades la manera de tejer la paz desde lo cotidiano” (p. 14).
El paso del diagnóstico a la acción territorial, también significó para el CIAS por la Paz una apuesta por la integralidad. A diferencia de distintos programas centrados en una sola dimensión —educativa, económica o política—, el PRTS buscó integrar la espiritualidad, la familia, las escuelas, los barrios y los espacios laborales en una misma trama. Desde este entrelazamiento se tomaba en cuenta que “[...] trabajar en la reconstrucción del tejido social implica motivar actitudes, promover prácticas y construir una visión que favorezca el buen convivir” (González & Torres, 2019, p. 268).
Así, el acompañamiento brindado por los equipos en territorio promovió una mirada de la paz sostenida por la construcción de vínculos de confianza, fortalecimiento de un sentido de pertenencia y la construcción de acuerdos para la colaboración. En los territorios, el PRTS desencadenó procesos de transformación manifestados en gestos concretos: vecinos que volvían a organizarse, familias que reanudaron el diálogo, comunidades que reconocían su valor colectivo y jóvenes que encontraban en el servicio a los demás una forma de vocación y profesión.
Uno de los puntos más relevantes fue que el PRTS encarnó una práctica del encuentro y del diálogo en las distintas dimensiones comunitarias arriba comentadas, en las cuales, la relación entre acompañantes y comunidades fue tan importante como las herramientas empleadas. Como señalan González y Torres (2019): “Los equipos no llegaron a enseñar, sino a aprender con las comunidades la manera de tejer la paz desde lo cotidiano” (p. 14).
Esa búsqueda —entre la práctica y la reflexión— dio origen a la Pedagogía del Buen Convivir, una propuesta de incidencia social inspirada en la experiencia directa en los territorios. Esta propuesta del CIAS por la Paz, que más tarde sería su metodología principal, fue el intento de traducir en un lenguaje pedagógico y procesual aquello que las comunidades nos enseñaron sobre cómo sanar sus heridas y reanimar la convivencia.
De la reflexión a la práctica territorial
Los primeros jóvenes que habían participado en los conversatorios y diagnósticos implementados por la Comisión por la Paz se convirtieron en el núcleo fundador de los equipos de acompañamiento del CIAS por la Paz. Eran jóvenes formados en la espiritualidad ignaciana, con una profunda inquietud social y el deseo de poner su profesión al servicio de la reconciliación. Los jesuitas a cargo (Jorge González y Gabriel Mendoza) contribuyeron a la conformación de equipos interdisciplinarios, integrando perfiles diversos: pedagogos, psicólogos, sociólogos, abogados, comunicadores, teólogos y promotores comunitarios.
La misión principal de estos equipos interdisciplinarios fue vivir en los territorios, compartir la vida cotidiana de las comunidades y acompañar desde la cercanía, no desde la instrucción. Grupos de cinco jóvenes residían juntos durante tres años en un territorio específico, trabajando en comunidad y conectando personas, grupos e instituciones para reconstruir el tejido social.
El método de trabajo no fue asistencial ni técnico, sino relacional y vivencial. Se basaba en la presencia, la escucha y la reciprocidad. Cada encuentro se convirtió en una oportunidad para construir confianza, comprender los ritmos comunitarios y descubrir la sabiduría que sobrevive incluso en medio del dolor. Así, “la actitud de compromiso y horizontalidad del acompañante era indispensable para llevar a cabo las sesiones y que las personas se sintieran en confianza para compartir las experiencias de su vida” (González & Torres, 2019, p. 161).
Durante los primeros meses, los equipos se insertaron en las comunidades, participando de sus espacios cotidianos: asambleas, celebraciones religiosas, fiestas patronales, escuelas y huertos familiares. Estas experiencias fueron vividas principalmente por los equipos de acompañamiento comunitario del CIAS; en ellas cayeron en cuenta de que la violencia había dejado huellas no solo materiales, sino también afectivas y simbólicas en las comunidades. La fractura del tejido social se manifestaba en la desconfianza, la soledad y los duelos no elaborados.
Estas heridas no habían sido atendidas mediante programas sociales ni talleres técnicos. Fue entonces cuando los equipos del CIAS comprendieron que el trabajo debía comenzar por el reconocimiento del sufrimiento y la recuperación de la palabra. La paz iniciaba en: “la conversación en un ambiente seguro será fundamental para resignificar, revincular y reconciliar” (Mendoza & González, 2019, p. 260).
A partir de esta intuición, los equipos propiciaron espacios de diálogo comunitario en los que las personas podían contar sus historias, compartir sus pérdidas y reconocer su valor. Estos espacios —pequeños, pero profundos— constituyeron los primeros ejercicios de sanación colectiva. En ellos se gestaron los elementos que más tarde darían forma a una parte muy relevante de la Pedagogía del Buen Convivir.
En la práctica cotidiana, los equipos del PRTS aprendieron a leer los desacuerdos como señales del proceso de recomposición comunitaria. Esta comprensión permitió que el CIAS desarrollara una pedagogía centrada en transformar los conflictos en oportunidades de crecimiento colectivo, aprendizaje que fue documentado posteriormente en procesos de sistematización y publicaciones institucionales como Un camino para la paz: experiencias y desafíos en la reconstrucción del tejido social (González & Torres, 2019).
El acompañamiento se configuró entonces como una experiencia espiritual y política a la vez. Espiritual, en tanto implicaba reconocer el valor de la vida y de la historia de cada comunidad; política, porque buscaba reconstruir la capacidad colectiva de decidir sobre su propio destino. Finalmente, este modo de acompañar generó una forma particular de liderazgo. Las juventudes aprendieron a sostener procesos, a facilitar conversaciones difíciles, a reconocer sus propios límites y a construir desde el trabajo en equipo. En muchos casos, experimentaron transformaciones personales profundas al descubrir que quien acompaña también es acompañado. Así, el paso de la reflexión a la práctica territorial fue también un proceso de formación interior para quienes participaron.
La Pedagogía del Buen Convivir: sanar el vínculo, resignificar el dolor
La Pedagogía del Buen Convivir nació del encuentro prolongado con las personas, sus conflictos y sus esperanzas, y fue el resultado de haber compartido historias, pérdidas, celebraciones y silencios en territorios donde el miedo había reemplazado al diálogo. No se concibió inicialmente como un método cerrado, sino como una orientación pedagógica y ética que fue tomando forma a partir de la experiencia territorial y del diálogo con académicos, instituciones y organizaciones que se sumaron al proceso. Siguiendo esta lógica, el CIAS por la Paz comprendió que la reconstrucción del tejido social debía ser también un proceso de resignificación, en el que las comunidades recuperaran la capacidad de narrar su historia y transformar su propia realidad. Como afirman González & Torres (2019):
La lógica principal de esta pedagogía es la siguiente: generar experiencias que permitan a las colectividades resignificar las experiencias de desconexión, para tener una conciencia de cuidado por medio de una conversación significativa que lleve al discernimiento comunitario y así crear condiciones para el buen convivir (p. 260).
En el fondo, su propósito era restaurar la confianza como eje del vínculo humano y como base del desarrollo comunitario. Con el tiempo, esta propuesta fue sistematizada como un modelo pedagógico de acompañamiento comunitario, estructurado en seis etapas interrelacionadas —sensibilización, encuentro, comprensión, transformación, revinculación y renovación—, que representan un itinerario de sanación personal y comunitaria. Estas etapas se propusieron como círculos que se repiten y profundizan en espiral, acompañando los ritmos vitales de cada comunidad.
Sensibilizar implica reconocer la herida, visibilizar el conflicto y despertar el deseo de cambio.
Encontrarse es abrir espacio para la escucha mutua de lo que duele —las desconexiones comunitarias—, restableciendo la palabra y la empatía.
Comprender supone reconocer las causas estructurales y emocionales del conflicto, y descubrir los recursos internos que permiten transformarlo.
Transformar es orientar la energía del dolor hacia el bien común: redefinir las prácticas cotidianas, sanar relaciones y crear nuevas formas de convivencia.
Revincular invita a tejer acuerdos comunitarios y fortalecer la organización local, integrando a instituciones, familias, jóvenes y líderes.
Renovar es el momento del discernimiento: celebrar los logros, resignificar la experiencia y proyectar nuevos horizontes de convivencia (González & Torres, 2019, pp. 262-263).
Estas etapas son procesos pensados para sostenerse por medio de ritos, símbolos y narrativas. Cada comunidad los adaptó a su historia y cultura: un círculo de diálogo, una caminata por el pueblo, un mural colectivo, una siembra comunitaria, una ceremonia religiosa o una asamblea. Estos gestos actuaron como dispositivos que devolvieron el sentido al vínculo y lo hicieron tangible.
En ese contexto, el símbolo se convirtió en una herramienta de sanación que permitió transformar la culpa en esperanza, el miedo en confianza y la división en colectividad. A lo largo del proceso, las comunidades fueron descubriendo que sanar no es olvidar, sino recordar con otro sentido. La memoria se volvió una aliada para recuperar la dignidad y reconstituir los lazos rotos. De ahí que los acompañamientos del CIAS integraran espacios para narrar las historias de dolor, pero también para celebrar los signos de vida. El resultado fue una metodología flexible, contextual y profundamente humana, capaz de generar procesos de transformación social, que se concretaron en la Guía de la Pedagogía del Buen Convivir: un método para la reconstrucción del tejido social (González & Torres, 2022).
De los casos individuales a los procesos comunitarios
El trabajo territorial del PRTS comenzó de manera modesta, acompañando casos pequeños: familias, grupos de jóvenes, líderes comunitarios desanimados o espacios barriales donde el diálogo se había roto. En estos primeros acompañamientos, los equipos pusieron a prueba los principios de la Pedagogía del Buen Convivir, observando cómo el diálogo, la escucha activa y el uso de ritos y símbolos podían ayudar a restablecer la confianza y despertar la disposición a cooperar.
Cada caso era, en sí mismo, un espacio de aprendizaje. Las dinámicas de sensibilización, las conversaciones sobre las causas del conflicto y los gestos de reconciliación ofrecían señales concretas de que la transformación comenzaba en lo cotidiano.
A medida que los equipos acompañaron más procesos, se dieron cuenta de que los aprendizajes individuales solo se sostenían cuando se convertían en experiencias compartidas. Por lo cual, los acompañamientos comenzaron a escalar hacia procesos grupales, en los que varias familias, grupos barriales, escolares o instituciones podían reflexionar y actuar juntas. Los círculos de diálogo, las asambleas barriales y los encuentros entre escuelas e iglesias se transformaron en espacios de confianza ampliada, en los cuales, la comunidad redescubría su capacidad de actuar en su realidad.
Las alianzas interinstitucionales surgidas en estos procesos —con escuelas, parroquias, gobiernos locales, organizaciones civiles y redes juveniles—, mostraron que la reconstrucción del tejido social se vuelve sostenible cuando las instituciones también aprenden a confiar y a cooperar alrededor de un propósito común. Los esfuerzos dispersos no tenían el mismo efecto, así que se apostó por actuar desde estructuras relacionales capaces de sostener el diálogo, el cuidado y la corresponsabilidad.
Con el tiempo, este aprendizaje dio lugar a programas articulados de mayor alcance. Los gobiernos locales en los que trabajaron los equipos del PRTS comenzaron a solicitar la metodología del CIAS para aplicarla en sus políticas de prevención social y convivencia; las escuelas la integraron en sus proyectos formativos; y las iglesias la incorporaron en procesos pastorales de reconciliación. Cada nuevo contexto enriquecía la metodología con nuevas actitudes, prácticas y narrativas.
Esta progresión —de los casos locales a los procesos grupales, y de estos a los programas institucionales— permitió al CIAS proyectar su experiencia más allá de los territorios, sentando las bases para la articulación con otros actores en plataformas de reconstrucción de tejido social, como la de Guanajuato o Monterrey. De esta manera, el modelo del CIAS consolidó un modo de proceder: empezar por lo pequeño, transformar desde dentro y crecer en comunidad.
El acompañamiento y el cuidado como eje del proceso
Vivir en territorios marcados por la violencia implicó un alto costo emocional para los equipos promotores del PRTS. Estos equipos estuvieron conformados por juventudes y profesionales del CIAS —con perfiles en trabajo comunitario, investigación social, educación y acompañamiento pastoral— que sostenían procesos prolongados de presencia en los territorios. Las realidades que acompañaban —pérdidas, duelos, miedo, desconfianza— tocaron profundamente a quienes las escuchaban día tras día. En este contexto, los encargados de componentes del CIAS comprendieron que no se puede cuidar si no se es cuidado. La sostenibilidad del trabajo por la paz no dependía solo de la capacitación técnica, sino de la fortaleza interior y relacional de los equipos (González & Torres, 2019).
Por ello, el CIAS implementó un área de acompañamiento integral llamado Cuidado Comunitario, destinada a sostener el bienestar emocional, espiritual y relacional de los acompañantes. Este componente se convirtió en una columna transversal del PRTS y en una de las mayores innovaciones metodológicas del modelo. No se trataba de un servicio psicológico complementario, sino de un espacio estructural de la misión, en el que se reconocía que cuidar de sí mismos era parte del compromiso con las comunidades.
Cada mes, los equipos se reunían para reflexionar sobre sus experiencias, revisar las dificultades y reconocer los signos de esperanza. Estas reuniones se consolidaron como lugares de contención, discernimiento y renovación. En ellas, las y los acompañantes podían compartir sus emociones, confrontar sus límites y reorientar sus motivaciones. La intención también era que el cuidado de cada persona no fuera solo un asunto terapéutico individual y pasara a asumirse como una dimensión grupal e institucional del trabajo del CIAS por la Paz.
El trabajo de los equipos en territorio, manifestó que el desgaste emocional —el desgaste por empatía, la impotencia ante la violencia o el exceso de responsabilidad— era tan real como los desafíos externos. Ignorar esas implicaciones emocionales y de salud mental de las personas en la acción social podía llevar a la deshumanización del acompañamiento. Las reflexiones al respecto de este tema quedaron plasmadas en el segundo libro del CIAS por la Paz y llevaron a la creación de una nueva área de cuidado comunitario, psicosocial y espiritual dentro de la institución (González & Torres, 2019).
El enfoque de cuidado del CIAS no se centraba únicamente en la prevención del desgaste, sino en el reconocimiento de la vulnerabilidad como fuente de aprendizaje. La fragilidad no restaba fuerza al programa; por el contrario, devolvía el sentido último de que la vida se sostiene en común. Desde esta mirada, cuidar(se) se volvió una práctica ética y política: implicaba resistir a la lógica de la productividad, equilibrando el fortalecimiento de los vínculos y los resultados.
Esta dimensión del cuidado, profundamente enraizada en la espiritualidad ignaciana, se convirtió en un criterio ético para el acompañamiento: si la reconstrucción del tejido social busca sanar relaciones, quienes acompañan también deben hacerlo desde sus propias relaciones. El discernimiento, característico de la tradición jesuita, ofrecía el marco para revisar los afectos, reconocer los movimientos interiores y elegir el camino del bien mayor incluso en medio del cansancio o la incertidumbre.
Con el tiempo, el Cuidado Comunitario se consolidó como área estratégica del CIAS por la Paz y como una pedagogía interna que sostenía a los equipos y enseñaba una forma distinta de entender la paz. Así, con este modelo y sus diferentes componentes, se propuso integrar un nuevo eje vinculado a la seguridad, con el fin de fortalecer el trabajo del programa en cada localidad.
La tríada para la paz: seguridad y justicia restaurativa
La seguridad como vínculo de confianza
La integración del componente de seguridad ciudadana en el modelo del CIAS surgió como respuesta al desafío de cuidar la vida y el territorio desde la corresponsabilidad entre comunidad e institución. Los primeros equipos del PRTS, al acompañar procesos en comunidades de Michoacán, Chiapas y Veracruz, identificaron —desde el componente de Gobierno Comunitario— que, allí donde la policía municipal se involucraba como aliada, los delitos disminuían y la confianza aumentaba; pero donde prevalecía la desconfianza entre autoridad y ciudadanía, los logros comunitarios se debilitaban (González & Torres, 2022).
Este hallazgo puso sobre la mesa un desafío metodológico: ¿cuáles eran los factores y buenas prácticas que permitieron la articulación entre policía municipal y ciudadanía para construir seguridad ciudadana? Para responder a esta pregunta, el CIAS emprendió en 2022 una investigación sobre buenas prácticas de seguridad comunitaria en municipios que habían logrado sostener bajos índices delictivos entre 2010 y 2020. Los casos seleccionados —Cherán, Tancítaro, Chihuahua, Saltillo, Nezahualcóyotl, San Pedro Garza García y San Nicolás de los Garza— fueron elegidos por su diversidad geográfica y política, pero también por un rasgo común: en todos ellos, la seguridad se construía desde la cercanía y la corresponsabilidad con la ciudadanía.
Los resultados, publicados en el libro Policía municipal y organización comunitaria: un desafío para la paz (2022), obra coordinada por el CIAS por la Paz, mostraron que, más que una política de control, la seguridad era una práctica de cuidado en el territorio compartido, donde la confianza se constituía como el principal instrumento de prevención (González & Torres, 2022). En los municipios estudiados, la reducción de la violencia estuvo asociada a la creación de espacios de diálogo ciudadano, al fortalecimiento de la confianza institucional y a la participación conjunta en la prevención del delito.
A partir de este proceso de reflexión, las conclusiones del libro formularon una propuesta metodológica que replantea el rol de las corporaciones municipales. Su enfoque parte de un cambio cultural: la seguridad no se impone, se construye mediante la relación entre ciudadanía, gobierno y actores locales. Esto supone reconocer que tanto la ciudadanía como la policía comparten la responsabilidad del cuidado del territorio.
El modelo propone tres transformaciones esenciales.
De la desconfianza a la colaboración: se fomenta el encuentro y el diálogo constante entre comunidad y policías para identificar juntos las causas de la inseguridad.
De la reacción al acompañamiento: la policía se involucra en procesos preventivos, educativos y restaurativos, en lugar de limitarse a responder al delito.
De la imposición a la corresponsabilidad: las políticas de seguridad se entienden como acuerdos sociales, no como imposiciones descontextualizadas.
Estas transformaciones se plasmaron en propuestas de prácticas concretas: reuniones vecinales periódicas, patrullajes comunitarios con enfoque de mediación, talleres de sensibilización y formación ética para policías, así como la conformación de comités ciudadanos de seguridad. Los testimonios de mandos policiales y personal operativo evidenciaron que la confianza y el vínculo, desde un enfoque de proximidad, resultan más efectivos que el uso de la fuerza para prevenir la violencia y restaurar la confianza social. Además, la aplicación de una encuesta telefónica con seis preguntas permitió correlacionar el impacto de la confianza, el sentido de pertenencia y la práctica del diálogo con una mayor percepción de seguridad y una reducción efectiva de delitos de alto impacto (González & Torres, 2022).
En Policía municipal y comunidad organizada se destaca, además, que la formación ética y humana de las policías es tan importante como la capacitación técnica. Inspirado en la Pedagogía del Buen Convivir, el CIAS plantea en esta publicación que “la seguridad no comienza en las calles, sino en el corazón del servidor-a público-a que se sabe parte de una comunidad” (González & Torres, 2022, p. 216). En esta visión, la empatía, la escucha y la humildad se convierten en virtudes profesionales del servicio policial.
Como señala el texto, “la seguridad no consiste solo en evitar el delito, sino en crear las condiciones para que la comunidad vuelva a sentirse segura de sí misma” (González & Torres, 2022, p. 216). En esta visión, la seguridad no se mide únicamente por la ausencia de violencia, sino por la presencia de vínculos que cuidan la vida en común.
De los procesos comunitarios a la articulación institucional
El abordaje de la seguridad ciudadana marcó una nueva etapa en el proyecto de reconstrucción del tejido social y construcción de paz del CIAS. Después de varios años de acompañar comunidades desde la base, la institución comprendió que la reconstrucción del tejido social debía expandirse hacia las estructuras institucionales. Este aprendizaje surgió al analizar los proyectos que ya habían finalizado un proceso de más de tres años de acompañamiento, e identificar que aquellos que lograban sostenerse en el tiempo eran los que se insertaban en las estructuras e instituciones del territorio. No bastaba con fortalecer los vínculos comunitarios: era necesario transformar también las formas en que las instituciones se relacionan con las personas.
Esta nueva etapa implicó ampliar el horizonte de acción y tejer puentes entre lo social y lo gubernamental. Los equipos territoriales —integrados por juventudes formadas en la Pedagogía del Buen Convivir— comenzaron a trabajar junto con autoridades locales, escuelas, parroquias, cuerpos de seguridad y comités vecinales. La intención no era que las instituciones sustituyeran a las comunidades, sino que aprendieran a acompañarlas.
En este proceso, las juventudes que acompañaban —en su mayoría provenientes del PRTS— se convirtieron en mediadores(as) entre comunidad e institución. Su experiencia en el terreno les permitió traducir el lenguaje técnico de las políticas públicas al lenguaje relacional de la convivencia.
El CIAS comenzó entonces a trasladar sus metodologías de reconstrucción del tejido social a programas institucionales de prevención y convivencia. En varios municipios como Tancítaro, Cherán y Meoqui, los y las acompañantes capacitaron a personal de gobierno, policías, maestros y líderes comunitarios en herramientas de diálogo, resolución no violenta de conflictos y liderazgo participativo. De este modo, el Buen Convivir se convirtió en un lenguaje común que vinculaba a funcionarios, comunidades y organizaciones en torno al cuidado de la vida pública.
En este contexto, se desarrolló una nueva forma de colaboración: programas municipales y estatales que adoptaron elementos del modelo CIAS —como los círculos de confianza, la mediación comunitaria o las mesas de convivencia escolar— y los incorporaron en sus propios esquemas de intervención. En estos espacios, la seguridad dejó de ser una función policial exclusiva y pasó a concebirse como una tarea educativa y cultural, sostenida por el trabajo conjunto de funcionarios(as), ciudadanía y organizaciones sociales.
Esta articulación también generó una transformación interna en el CIAS. La institución evolucionó de ser una obra dedicada únicamente al acompañamiento social, a convertirse en un verdadero puente entre las comunidades y los gobiernos locales, con la capacidad de incidir en la formulación de políticas públicas orientadas a la construcción de seguridad ciudadana. Algunos indicadores que permitieron identificar avances en cada territorio atendido fueron: la generación de espacios de encuentro entre policía y ciudadanía; el desarrollo de habilidades para colaborar con otras instancias, como gobierno, empresas y organizaciones de la sociedad civil; el conocimiento profundo del territorio por parte del cuerpo policial; la formación en derechos humanos de las corporaciones; la participación ciudadana en la definición de criterios para la selección de policías, y el establecimiento de mecanismos efectivos para atender conflictos vecinales, entre otros (González & Torres, 2020, p. 120).
Esta expansión abrió el camino para la siguiente dimensión de la tríada: la justicia restaurativa, que busca sanar los conflictos desde una ética del cuidado y la reparación.
La justicia restaurativa: atender la conflictividad local
La incorporación de la justicia restaurativa (JR) en el modelo del CIAS representó un paso decisivo para consolidar el Buen Convivir como horizonte de justicia: un modo de gestionar los conflictos centrado en la reparación, la empatía y la reconstrucción del vínculo. El CIAS partió de una constatación empírica: los conflictos cotidianos —familiares, escolares, vecinales o laborales— seguían reproduciendo la violencia estructural y formas punitivas de resolución, mientras que el sistema judicial permanecía saturado, ineficaz y alejado de la realidad de las personas.
En Atención a la conflictividad local: propuestas desde la justicia restaurativa (González & Torres, 2024), el CIAS por la Paz plantea un enfoque de JR como respuesta integral a la conflictividad social, capaz de vincular prevención, atención y reinserción dentro de una misma lógica. La justicia, afirman, “no puede seguir administrando la violencia: debe aprender a acompañar los procesos sociales que reconstruyen la confianza” (p. 51). Desde esta perspectiva, la JR no buscaba suplantar al sistema judicial, sino recordarle su sentido humano: acompañar, reparar y reintegrar.
Retomando a Howard Zehr (2002), el CIAS recuerda que la justicia restaurativa “no se centra en la ley quebrantada, sino en las personas heridas” (p. 21). Desde esta mirada, el delito se comprende como una ruptura de relaciones que daña a víctimas, ofensores y comunidades por igual. Restaurar el vínculo significa entonces sanar las relaciones que sostienen la vida social. En palabras de González y Torres (2024), “[...] la cultura restaurativa apuesta al restablecimiento de las relaciones dañadas por el conflicto, donde la revinculación de la víctima y del victimario detienen los ciclos y escaladas de violencia para recuperar la paz social” (p. 9).
En el libro citado, el CIAS presenta una propuesta concreta de atención a la conflictividad local, articulando tres actores:
1. La comunidad, que participa activamente en el reconocimiento, acompañamiento y reparación de los daños.
2. Las instituciones locales, que aprenden a ejercer la justicia desde la escucha y la empatía.
3. Las y los facilitadores restaurativos, que promueven los encuentros de diálogo, verdad y reparación.
Entre estos actores, la policía municipal ocupa un papel esencial: formada en valores restaurativos y en la Pedagogía del Buen Convivir, se convierte en agente de cuidado y mediación social, acompañando los conflictos antes de que escalen a la violencia. Esta función replanteó la relación entre ciudadanía e institución y, al mismo tiempo, tiene el potencial de descongestionar el sistema judicial, permitiendo que los municipios avancen en la resolución de conflictos sin judicializarlos innecesariamente (González & Torres, 2024).
El CIAS entendió la justicia restaurativa no solo como un enfoque para la atención de delitos y la reparación del daño, sino como un proceso educativo y cultural. Cada espacio del sistema se concibió como una escuela de humanidad, en la cual las personas aprenden a reconocer el daño, asumir responsabilidades y reconstruir confianza. Este proceso involucró también a las familias, que acompañan a las víctimas y a las personas ofensoras, favoreciendo la reconciliación emocional y la reintegración social.
Desde esta mirada, la JR atendía los síntomas de la violencia y reeducaba a la sociedad. El CIAS propuso sistemas municipales de justicia restaurativa que integran escuelas, iglesias, organizaciones sociales y cuerpos de seguridad, con el fin de construir una gobernanza restaurativa: una forma de Estado que acompaña, escucha y cuida. El modelo metodológico fue publicado en Atención a la conflictividad local: propuestas desde la justica restaurativa (2024) y propone siete etapas que articulan prevención, reparación y reintegración:
Recepción y acogida del caso.
Valoración del daño y acompañamiento emocional de las partes.
3Preparación y encuentro restaurativo.
Elaboración del acuerdo de reparación.
Proceso reeducativo o de trabajo comunitario de la persona ofensora.
Reinserción social y familiar con seguimiento psicosocial y espiritual.
Evaluación y sistematización del aprendizaje colectivo.
Estas etapas retoman una manera de hacer justicia que nace del discernimiento y del cuidado. En coherencia con Galtung (1969) y Lederach (1997), el CIAS asume que la paz se alcanza cuando las estructuras sociales se convierten en espacios que sostienen la vida social.
Las conclusiones del libro son contundentes: el deterioro institucional, manifestado en sistemas de seguridad y justicia ineficaces, demandaba una acción urgente y significativa por parte de la comunidad organizada para impulsar cambios profundos. “Esta investigación subraya que las raíces de la falta de justicia y el aumento de la conflictividad se encuentran en las prácticas, visiones y actitudes, tanto de autoridades como de ciudadanos, así como en las estructuras que hemos construido” (2024, p. 51). Ante este panorama, la educación en la gestión de conflictos se presentó como una necesidad apremiante para las nuevas generaciones.
La investigación enfatizó la importancia de incluir los principios de la Pedagogía del Buen Convivir en los currículos educativos, postulándola como “un pilar esencial para la transformación a largo plazo, cultivando ciudadanos éticos y socialmente responsables desde temprana edad” (2024, p. 52). Esta aproximación buscó dotar a las personas de habilidades para resolver disputas de manera pacífica, fomentando la empatía, la escucha y el diálogo.
En última instancia, la propuesta resaltó que la transformación del sistema de justicia era un camino colectivo. “Solo a través del compromiso colectivo podremos transformar el sistema de justicia, reconociendo que es un camino que nos llevará a vivir en una sociedad con dignidad y esperanza. Juntos y juntas podemos construir un futuro donde la justicia restaurativa y la participación de las comunidades y sus instituciones sean pilares de un mejor México por venir” (p. 52).
La tríada como horizonte del Buen Convivir
La integración de la reconstrucción del tejido social, la seguridad ciudadana y la justicia restaurativa consolidaron una visión integral que el CIAS denominó Tríada para la Paz: la expresión práctica del Buen Convivir en acción. Este marco surgió del proceso acumulativo de experiencias vividas en comunidades, municipios y redes institucionales a lo largo de una década.
La propuesta actual del CIAS por la Paz se dirige hacia la reconstrucción de los vínculos sociales, la garantía de la seguridad desde la confianza y la sanación de las heridas mediante la justicia restaurativa. En esta perspectiva, la paz se realiza desde una práctica sistémica. Cada uno de los pilares de la tríada alimenta a los otros:
El tejido social crea comunidad, sentido de pertenencia y espacios de diálogo.
La seguridad ciudadana protege la convivencia y previene la fragmentación.
La justicia restaurativa sana las heridas y genera procesos de reintegración.
En conjunto, el modelo traza una ruta para pasar de la violencia al cuidado, del miedo a la confianza y del castigo a la reparación. La tríada se sostiene sobre una ética pública del cuidado, en la que los vínculos son la medida del fortalecimiento del tejido social, la confianza es el fundamento de la seguridad y la recuperación de la dignidad, el de la justicia (González & Torres, 2022).
El aprendizaje acumulado en los programas de reconstrucción del tejido social, la formación de juventudes acompañantes y la articulación con gobiernos locales, llevó al CIAS a proyectar su experiencia hacia el ámbito de la incidencia pública nacional. Esta tríada se ha ido convirtiendo, así, en un marco de referencia para las políticas locales de convivencia y justicia, inspirando programas en municipios, escuelas, iglesias, redes comunitarias y espacios de diálogo ciudadano.
Este proceso se articuló con la iniciativa del Diálogo Nacional por la Paz, impulsada en enero de 2024 por obras de la Compañía de Jesús y aliados de la sociedad civil. Esta iniciativa busca coordinar, en cada estado del país, esfuerzos entre universidades, gobiernos, cuerpos policiales, organizaciones sociales, ciudadanía e iglesias para avanzar hacia una Agenda de Paz construida de manera colectiva. Allí, el modelo del CIAS se ha reconocido como un aporte metodológico importante para repensar la seguridad y la justicia desde el Buen Convivir, al buscar reconstituir el alma pública de las comunidades.
Juventudes comprometidas y las nuevas agendas de paz
El recorrido del CIAS por la Paz en la última década puede entenderse también como una historia de formación. Cada etapa del proceso —desde la investigación inicial hasta la construcción de la Tríada para la Paz— ha estado acompañada por personas jóvenes formadas en la espiritualidad ignaciana (sobre todo mujeres), cuyas experiencias personales se entrelazaron con los aprendizajes institucionales. Lo que comenzó como un proceso de diagnóstico participativo, se transformó en una escuela de humanidad y liderazgo compasivo, en la cual acompañar a otros se volvió un modo de vida.
Las y los primeros jóvenes que participaron como voluntarios en los diagnósticos comunitarios (2014-2015) descubrieron, en medio del dolor y la esperanza de las comunidades, una vocación compartida para acompañar procesos de reconciliación y reconstrucción del tejido social. Con el paso de los años, esos mismos jóvenes se convirtieron en agentes comprometidos y especializados en construcción de paz. El CIAS concibe su trabajo como un movimiento intergeneracional que articula tres tiempos:
El origen, marcado por la intuición de que la violencia es una crisis de vínculos.
La encarnación, donde las juventudes acompañaron comunidades y construyeron metodologías vivas.
La proyección, donde estas mismas juventudes —ya profesionalizadas— se convierten en multiplicadores y formadores de nuevas generaciones (González & Torres, 2019).
La meta se transformó hacia la instalación de capacidades, de modo que cada territorio acompañado cuente con jóvenes y liderazgos locales formados en la Pedagogía del Buen Convivir. En varios municipios, los equipos formados por el CIAS han asumido de manera autónoma procesos de mediación, prevención o atención comunitaria, logrando financiamientos externos y alianzas con universidades o gobiernos.
En este sentido, las juventudes acompañantes representan la transición entre la esperanza y la institucionalización del cuidado, son quienes garantizan que el modelo permanezca vivo, adaptándose al cambio de contextos sin perder su horizonte: la construcción de paz.
Conclusión
El recorrido de una década del Centro de Investigación y Acción Social por la Paz (CIAS por la Paz, A.C.) en México demuestra que la construcción de la paz es una práctica relacional que exige la integración sistémica de lo social y lo institucional. Este artículo pone de relieve que la respuesta a la violencia se encuentra en la capacidad colectiva de sanar la fragmentación del tejido social, más allá de los mecanismos de coerción o punición aislados. El principal aporte del modelo CIAS, consolidado en la Tríada para la Paz, es haber articulado en un marco metodológico integral tres dimensiones interdependientes: la reconstrucción del tejido social comunitario, la seguridad ciudadana y la justicia restaurativa. Esta articulación atiende simultáneamente la violencia directa, cultural y estructural, y se sustenta en la Pedagogía del Buen Convivir, y en una ética pública del cuidado que dignifica el dolor y establece bases para la construcción de un mejor país.
La experiencia del CIAS se presenta como un referente significativo para la incidencia pública en México. El modelo de la Pedagogía del Buen Convivir y los Proyectos de Reconstrucción del Tejido Social han impulsado un cambio en la visión, tanto de algunos funcionarios públicos como de las propias comunidades donde se ha trabajado, al reconocerse como agentes de transformación en asuntos prioritarios para cada territorio, tales como la seguridad, el bienestar de las familias, la protección de la niñez y el cuidado del entorno.
Además, al promover la justicia restaurativa como un proceso educativo, se abre el camino hacia una paz duradera, donde la confianza, la corresponsabilidad y la sanación de las injusticias forman parte esencial del futuro. Respaldada por una generación de jóvenes que ha recorrido este camino, y por otras más recientes que aportan renovada esperanza, esta experiencia nos recuerda que sí es posible crear condiciones políticas, económicas, sociales, culturales y relacionales que hagan realidad la reproducción de la vida social y la construcción de paz en México.
Referencias
Galtung, Johan. (1969). Violence, Peace, and Peace Research. Journal of Peace Research, 6(3), 167-191.
Galtung, Johan. (1990). Cultural Violence. Journal of Peace Research, 27(3), 291-305.
González Candia, Jorge Atilano & Torres Rosales, Oscar Daniel (2022). Guía de la Pedagogía del Buen Convivir: un método para la reconstrucción del tejido social (Inédito). México: CIAS por la Paz.
González Candia, Jorge Atilano & Torres Rosales, Oscar Daniel. (coords.). (2022). Policía municipal y organización comunitaria: un desafío para la paz. Ciudad de México: Buena Prensa.
González Candia, Jorge Atilano & Torres Rosales, Oscar Daniel. (coords.). (2024). Atención a la conflictividad local: propuestas desde la justicia restaurativa. Ciudad de México: cias por la Paz.
González Candia, Jorge Atilano, Torres Lázaro, Lenin & Torres Rosales, Oscar Daniel (coords.). (2019). Un camino por la paz: experiencias y desafíos en la reconstrucción del tejido social. México: CIAS por la Paz.
Lederach, John Paul. (1997). Building Peace: Sustainable Reconciliation in Divided Societies. Washington, D.C.: United States Institute of Peace Press.
Mendoza Zárate, Gabriel & González Candia, Jorge Atilano. (coords.). (2016). Reconstrucción del tejido social: una apuesta por la paz. Ciudad de México: cias por la Paz.
Mendoza Zárate, Gabriel. (2021). El apostolado social de los jesuitas en México. Xipe Totek. Revista del Departamento de Filosofía y Humanidades, I(115), 97-145.
Zehr, Howard. (2002). The Little Book of Restorative Justice. Intercourse, PA: Good Books.
[1] Psicólogo social por la UAM-X, especializado en evaluación, monitoreo y sistematización de programas sociales. Su trayectoria combina investigación aplicada, formación de equipos y generación de conocimiento para el fortalecimiento institucional y comunitario. Fue coordinador del área de Diagnóstico, Evaluación y Sistematización en el CIAS por la Paz (2019-2023); además, coordinó varias publicaciones de esta institución. Actualmente, lidera Monitoreo, Evaluación y Automatización en la Fundación Justicia y Amor. Correo electrónico: odaniel.trosales@gmail.com.